ARROZ CON MANGO

Primero es una simple gota amarilla de color entre el follaje. Luego, la fiesta impensada del aroma. Por último, la boca derritiéndose ante el sabor. Y así pretendo que sea mi página: fruta común que todo el mundo pueda saborear.

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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2007.

20/01/2007

LA LEGION DE LOS MAL QUEDAR

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Primero creí que era exageración de mi amiga. Luego su rostro, mezcla de perplejidad con cierta rabia antigua, me llevaron a creerle. Cuando el ginecólogo anunció la llegada de su primer hijo, corrió a encargarle una cuna a un carpintero.

Después de todo un vía crucis donde el que tenía madera no tenía puntillas y el que tenía madera y puntillas le faltaba la cola, encontró a un cincuentón que le pareció un hombre serio, de ley, el cual accedió con gusto a fabricársela; solo que le saldría un «poquitíiiiico» cara. «Usted como yo sabe que el cedro y la caoba están perdidos, a los particulares no nos dan con qué trabajar y lo que uno le saca a cada pieza apenas le da para comenzar la otra...» (¿?).

En fin, que se la valoró como si le vendiera seda de El Cairo. Pero como mi amiga quería lecho de linaje para su primogénita, accedió con la promesa de que estaría en 15 días. Sin embargo, terminó el primer plazo y un segundo y otro y otro, mientras ella veía crecer su vientre sin la cuna en la habitación. Dio más viajes a la carpintería que a la consulta prenatal. El hombre, unas veces estaba con «la gota» y hasta llegó a enterrar a su abuelita por segunda vez después de 15 años.

Llegó el alumbramiento. La mujer tuvo que pedir una prestada y ahí concluyó la historia, pero, el día menos pensado, cuando ya había sepultado al carpintero en el campo santo de los desaguisos y la bebé lo que casi necesitaba era un corral, vio venir, a lo lejos, un carretón con la cuna encima y al eufórico hombre con los mismos ojos de Hernán Cortés.

«No sé bien, señora hermosa, lo que sucedió después...», pero mi amiga se negó a repetirme las palabrotas dichas al tipo que, en buen cubano, tuvo que «comerse la cuna con papas» y regresar a su carpintería al tiempo que blasfemaba de «lo mal agradecida que estaba la humanidad».

Recuerdo que, de niño, eran solo las costureras las de la mala fama. Un corte de tela, para hacerse el vestido con que se asistiría al bautizo de una infante, si no se extraviaba entre el monte de tejidos que descansaba sobre una silla, servía para ir a la toma de la primera comunión o a la fiesta de 15. Pero, ahora, la falta de ágiles opciones estatales en ciertos servicios hace recurrir a los particulares, quienes también convierten la informalidad en instrumento de tortura psicológica cuando la expresión «palabra acordada es palabra sagrada», al estilo de los caballeros del Rey Arturo, ha hecho mutis del escenario de la vida cotidiana.

Y no se trata de una pequeña artillería de impuntuales en medio de la laboriosidad combativa de un ejército, sino ya deviene norma; apéndice colgado a nuestra cubanía que, penosamente, se adhiere como sanguijuela a la práctica diaria, sea en una empresa de servicios o en el más sencillo de los talleres particulares. Es esa expresión visible del desgaste innecesario, del valladar interno que nada tiene que ver con las limitaciones tangibles del bloqueo; de ese otro límite que en nada se emparenta con quienes osan ahogarnos desde una política imperialista, sino que parte de la efectividad y la disposición de actitudes que construyan la fraternidad social de este país.

Ejercicio sano sería que los cubanos, mientras nos cepillamos los dientes en la mañana, nos preguntásemos con quién o con quiénes hemos empeñado nuestra palabra ese día. ¡Cuán saludable sería para el cumplimiento de la tarea en cada momento, para la restauración humana de nuestro carácter nacional como gente emprendedora y seria! Esta, sin dudas, es otra de las maneras de mantener nuestra hidalguía como el eterno caballero que, a pesar de su desvarío, en el ofrecimiento de su palabra le iba la vida.

¡Ojalá que ese pequeño ejército de personas que aún me deben algún trabajo en casa, me llamen hoy para decirme que la cama o el mueble ya están terminados! O sea yo quien, mordido por mi conciencia, les dé a ellos la buena nueva de la puntualidad... ¡Por suerte, yo no tengo mujer embarazada!

Sábado, 20 de Enero de 2007 04:48 Autor: cubamango. ;?> No hay comentarios. Comentar.

HAGAMOS MÚSICA

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Si el llamado «tono» es un término musical del cual se ha apropiado la categorización de la lingüística como elemento que describe la intención y el estado de ánimo reflejados a través del modo particular de expresarse y del estilo, tenemos que partir entonces de cuál ha de ser su impronta cuando se aplica a lo que escribimos.

Luego debemos discernir:

Si el tono es la propiedad de los sonidos que los clasifica como más agudos o más graves en función de su frecuencia, lo cual comúnmente es utilizado como sinónimo de altura...

Si en el canto este elemento resulta fundamental para diferenciar las distintas tesituras de una voz o instrumento...

Si se le denomina parciales armónicos a otros sonidos que, percibiéndose de manera distinta, enriquecen el sonido original...

Si los diferentes sonidos cualifican lo que denominamos el timbre, que puede ser lleno, sonoro u oscuro...

Vale entonces preguntarnos si nuestra prensa tiene tono o es atonal, si existe equilibrio armónico entre voces graves y agudas y cuáles son estas voces. Si hemos conseguido posibles tesituras entre los medios de prensa y entre los periodistas, como para no repetirnos en una especie de canto gregoriano, antigua oración laudatoria cantada sin emoción, al unísono, y que cumplía, a través de su llaneza, un sentido litúrgico.

Y pregunto: por qué asustarnos, a veces, cuando aparecen, dentro

Sábado, 20 de Enero de 2007 04:49 Autor: cubamango. ;?> Hay 1 comentario.

21/01/2007

CÓMO AÑEJAR UN MILAGRO

Cuenta Eduardo Galeano: «La palabra y el acto no se habían encontrado nunca. Cuando la palabra decía no, el acto decía sí. Cuando la palabra decía más o menos, el acto hacía menos o más. Un día, la palabra y el acto se cruzaron en la calle. Como no se conocían, no se reconocieron. Como no se reconocieron, no se saludaron».

Mi primera profesión, al desmovilizarme del Servicio Militar, fue la de Normador del Trabajo. Tomé esa especialidad técnica cual opción más atractiva ante los únicos ofrecimientos laborales que recibí entonces: convertirme en obrero agrícola o en auxiliar de producción de la construcción, que traducido era algo así como un «alcanza-bloques» o un «mueve-mezcla».

Con la primera clase se abrió ante mis ojos un subyugante mundo casi de ciencia ficción. Mi tarea era como la de un fotógrafo científico. Realizar «fotografías» de cada puesto laboral, lo que a través de cálculos matemáticos, permitía conseguir que el trabajador fuera más eficiente y productivo a partir de la garantía de condiciones materiales adecuadas y de un diseño estructural que facilitara su faena... En teoría todo era perfecto.

Al mes de haber sido ubicado en la Empresa Porcina comencé a sufrir lo que un colega mío diagnosticó como «alucinaciones del desperfecto socialista» y me sentí como un mecánico de estaciones satelitales en una región donde apenas volaban aviones de la Segunda Guerra Mundial destinados a la fumigación.

Los obreros no tenían botas o el camión–tolva, donde se trasladaban los residuales de alimentos para alimentar los cerdos, carecía de gomas, y no era justo establecer una normativa que exigiera, al final, una productividad virtual en tanto los mínimos requerimientos no estaban garantizados.

Después de muchos años, pago a precio de oro por cada compañero de estudios que quede, intacto, en tan infructífera labor; a no ser que haya optado por el suicidio silencioso de transmutarse en un llena modelos, tras un acomodadizo buró, lejos de la utopía soñada sobre el pupitre por conseguir un país eficiente en su producción.

Uso este trozo de vida para hacer reflexionar sobre un asunto que atañe a todos ahora, y a algunos, obreros y funcionarios, asusta. La próxima implantación del tan discutido Reglamento Disciplinario Interno, aprobado en el más reciente congreso sindical, requerirá, como escribiera Neruda en uno de sus poemas, de la voluntad de voltear la mesa cuando se está infeliz en el trabajo y cuando «no se arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño». De lo contrario, el documento será pasto de la fugaz consigna que abortaría, una vez más, el nuevo aire que requiere el pecho del país para respirar de manera más limpia.

Claro que el empeño necesita de un elemento sustancial, no circunstancial como lo asumen algunos cuadros: la ejemplaridad. Habrá entonces que suprimir de los diccionarios laborales la acuñada frase de que «Cuando el gato no está en casa, los ratones...»

Así, algunas secretarias tendrán que renunciar a su obligado papel de cómplices cuando, ante un proceso tecnológico parado que requiere de una decisión urgente, reiteran la frase, descreída ya por el abuso, de que «el compañero director está para una reunión fuera». Expresión que sirve, a veces, de «madriguera oficial» a los irresponsables que no asumen su misión de ser cabeza y corazón de la Patria.

¿A qué debe temer el trabajador honrado que cumple con lo estatuido porque ama y se siente parte de lo que hace y logra? ¿A qué ha de temer el cuadro honrado que sostiene el pie en el estribo martiano y fidelista de la austeridad y la autoridad, con conciencia aglutinadora, y lejos de toda pose y mentalidad de reminiscencias feudales?

La aplicación de este reglamento, más que una medida coercitiva ha de convertirse en instrumento político de recapacitación social en la eficiencia con la que soñó el Che.

Es necesario, desde el comienzo, evitar la distorsión en el cristal de su aplicación para que la conciencia obrera logre, de verdad, navegar por vocación de esta Isla hacia ese otro mundo que proclamamos posible. Sería la mejor manera de añejar el milagro de nuestra economía porque, como también escribiera el poeta chileno «Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos (...) Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivos exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar».

Domingo, 21 de Enero de 2007 06:18 Autor: cubamango. ;?> Hay 2 comentarios.


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