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La muerte me las quitó antes de tiempo. Apenas guardo el contorno de mis abuelas. Quizás una arrugada mano alisando mi pelo o la caricia de unas torrejas ahogadas en almíbar. Ambas se "fueron" sin siquiera dejarme el sabor de una huella.
Quizás por eso en mis artículos, y me confieso, les haya citado en algún momento, más que por pura mentira por imaginar, y creerme, lo que siempre dicen las abuelas. Esa atinada frase en el instante preciso que no es otra cosa que un compendio de sabiduría que se regala con el mayor amor del mundo.
Siempre crecí con ese agujero. Mi corazón se hizo hombre con esas dos ventanitas de luz cerradas. Quizás por ello condeno tanto a quienes, todavía, les tienen como dulces esclavas y no aquilatan sus desvelos, cual simple comadrita, ya sin balancines, que una vez sirvió de cuna. Y envidio, dulcemente, a aquellos que les llenan de mimos, a sabiendas de que la vida les ha premiado con ese regalo lleno de canas que lo perdona todo, que lo admite todo, que es la sabia de lo sabio alimentándonos siempre para que no "pequemos" con sus propios yerros.
Pienso, a pesar del respeto por ese poeta que es nuestro Nicolás, que también él sucumbió, sin darse cuenta, al acendrado machismo histórico que nos sofoca a la hora de pintar nuestros orígenes, en ese galeón poético que es su Balada de los dos abuelos.
¡Qué humano, que justo y qué hermoso hubiera sido escuchar en el rumor del caracol de sus versos!: Sombras que solo yo veo,/ me escoltan mis dos abuelas… Creo que el poema de Guillén, lejos de todo evidente sentido patriarcal, hubiese sido más humano y transparente, en tanto, a la sangrante herida le hubiese colocado azahar en ese intento por reflejar dos antagónicos mundos que dieron vida a nuestra estirpe.
¿Acaso nuestra misma Mariana no dejó la impronta del coraje y el amor desmedido cuando envió sus hijos a la manigua? Quizás algunos piensen, todavía, de que primó más la esencia patriótica que la materna. Sin embargo, ningún libro de historia sería capaz de recoger ese dolor agónico, solo sufrido por ella, en que el rayo de una decisión profunda iluminó la oscuridad de nuestras palmas.
Hoy he llorado ante mi computadora. Y esto no es una metáfora. La noticia, por reiterativa, me ha devuelto la agonía de Ulises escuchando las engañosas voces que le llegaban desde las costas de Ítaca, con una nota diferente de angustia; una anciana de 75 años descansa en la morgue de Miami al fallecer víctima de otro supuesto acto de contrabando humano entre las costas de La Florida y Cuba.
Y me atrevo a fabular en voz alta y a preguntarme: ¿Sería por decisión propia o habrá sido engañada en un paseo hacia la muerte? ¿Iría, como cordero al sacrificio, consciente de que la familia es ese primer olor Patria, donde el jazmín de la fidelidad lo marca todo?
Nunca olvido una de mis más conmovedoras experiencias al paso por Miami. Una amiga, que tenía un Home como negocio, es decir, una casa para ancianos, me dio cobija. Una viejita de Alacranes, al saber que regresaba yo a Cuba, me rogó encarecidamente que me la trajera de vuelta, que extrañaba increíblemente su varentierra y sus vecinas, su Galán de Noche repugnándola de aroma y su perro Canelo, en franca bronca siempre con Melchora, su astuta gata, que, seguramente, penaba ahora, maullando por los tejados, ante su ausencia.
La angustiada mujer me vigilaba cada día. Se asomaba al cuarto a ver si mi equipaje estaba, porque había decidido "fugarse" conmigo como en una de las trágicas escenas de Lorca. Y hasta sé que me habrá maldecido la mañana en que sus apagados ojos encontraron solo el vacío espacio donde descansaba mi maleta.
De entonces a acá he vivido con ese dolor a cuestas como la misma ausencia temprana de mis abuelas, removida ahora en la noticia de esta otra mujer que sí ha sido pasto de una política tuburonera de falso humanismo y libertad.
Me la imagino en medio de la oscura travesía. Quizás enjugando una lágrima para no mostrar su pena o ese desvarío que sufren los ancianos cuando el escenario de sus mejores batallas por la vida es borrado de un plumazo.
¿Qué nostalgias viajarían el encrespado mar de sus recuerdos, mientras la turba de escualos perseguía la propela en otra Crónica de una muerte anunciada? ¿Acaso en la rabona que dejó empollando? ¿O en quién regaría sus matas de Nomeolvides? ¿En los huesos del abuelo reposados en la tierra que les diera alas a sus amores?
Nadie lo sabe. Quizá los ojos de esta abuela, en su último momento de lucidez, hayan revivido, en silencio, los versos de John Milton, el poeta inglés, cuando en su poema El paraíso perdido, expresara: "Aquellas llamas no desprendían luz alguna; pero las tinieblas visibles servían tan solo para descubrir cuadros de horror, regiones de pesares, oscuridad dolorosa, en donde la paz y el reposo no pueden habitar jamás, en donde no penetra ni aun la esperanza."
"Porque me alienta el formidable orgullo
De vivir, ni envidioso ni envidiado,
Persiguiendo fantásticas visiones,
Mientras se arrastran otros por el fango
Para extraer un átomo de oro
Del fondo pestilente de un pantano".
Julián del Casal

Ahora Lennon parece reposar, pensativo, en su banco de un parque del Vedado. Nos encanta sentarnos a su lado. Regalarle flores sin saber si las prefería. Y hasta le hacemos guardia permanente para que nadie vuelva a robarle los espejuelos.
Sin embargo, no es un secreto que hablar del exbeatle en Cuba, en la década de los ’70, era asumir una posición iconoclasta y sospechosa. Llevar bajo el brazo una de aquellas copias metálicas y clandestinas de sus discos, casi portar una bomba lírica como le llaman algunos a sus canciones.
¿Acaso la rigidez política de una época? Quizás, pero también la reacción lógica de los status de entonces, llámense como se llamen, frente a tanto "desatino".
Lennon, para el mundo todo, no era un revolucionario. Era un revoltoso. Tuvo que morir a manos de un loco para que se le comprendiera y fuera asumido con patrimonio universal del alma humana. Aunque, quizás, haya sido víctima de un bien orquestado plan secreto que archiva su muerte en la misma bruma que dejó sin respuesta la última llamada telefónica de la platinada rubia de Hollywood. Con su canción Help!, de su disco homónimo de 1965 en el que aludía a su pérdida de independencia y al aumento de su inseguridad al ser tragado por la maquinaria de la fama, comulgaba con los fantasmas de la propia Marilyn.
Su primera "perversión" pública partió de una travesura juvenil. Orinó a unas monjas desde el tejado de una iglesia en Liverpool. Y, todavía, mucha gente se pregunta si solo trataba de ofender a las religiosas o de algo más profundo como el hecho de desafiar al poder eclesial. A lo cual se sumó, de manera escandalosa y controversial, años después, una declaración que fue casi otra atómica dejada caer sobre el Planeta, cuando declaró que eran ellos más famosos que el propio Jesucristo.
El articulista John Tomson afirma que hasta en su libro A spanner in the works, escrito por entonces, se manifiesta su sentido de ir en contra de las estructuras, llámense sociales o políticas. En él utiliza como título ese juego de palabras intraducibles, pero que tienen un significado semejante a la expresión hispana de "joderlo todo".
Según el propio crítico afirma, en su disco Some Times in New York City (1972), el artista establece su famosa declaración feminista donde expresa que "la mujer es el negro del mundo" refiriéndose a su discriminación doméstica y social, y pide que "pensemos en eso y hagamos algo".
Se suman sus desnudos fotográficos en afamadas revistas de la época, junto a su compañera Yoko Ono, armando un revuelo tal que sus ecos llegan, todavía, a nuestros días. ¿Era John una especie de striper provocativo, de exhibicionista sexual que pretendía mostrar su nada apetitoso cuerpo o se trataba de agredir, con tal actitud, a pruritos y falsas morales de la época?
Claro que también cae en posiciones extremas, según mi punto de vista, cuando en una de sus canciones hechas en contra del sistema carcelario incita a todos a liberar los presos y encarcelar a los jueces. Reacción que solo se puede entender si no se globaliza y se asume como su experiencia personal ante las políticas judiciales de la Inglaterra de su tiempo.
También está su obra Revolution que fuera malentendida y calificada de apolítica y conservadora, según el propio investigador Tomson, cuando lo que pretende es criticar a los grupos de la izquierda radical de entonces que veían solo en los procesos revolucionarios la capacidad de destruir los órdenes viejos, sin asumir, también el carácter constructivo de otros nuevos.
Su emblemática Imagine acaba de cumplir, el pasado jueves, 25 años de creada. Canción escrita en el año 1971 en un contexto mundial en que comenzaba a romperse lo que se ha dado en llamar el "consenso de la postguerra", es decir, el equilibrio de relaciones entre las burguesías imperialistas y sus propias clases obreras. El capitalismo asomaba, cada vez de manera más profunda, su incapacidad social. La hegemonía del poder norteamericano empezaba a ser quebrantada y la derrota de sus tropas en Viet Nam era casi una premonición.
De modo que si en canciones de corte político anteriores como I don’t want to be a soldier, Lennon se ponía piel de soldado para gritar "no quiero morir", en la antológica pieza existe, de manera implícita, la utopía actual de los revolucionarios de hoy, de que otro mundo es posible, cuando expresa: "imagínate a toda la gente/ compartiendo el mundo"; luego afirma: "Puedes decir que soy un soñador/ pero no soy el único"; y lanza una exhortación final: "espero que algún día te unas a nosotros/ y el mundo vivirá como uno".
Por ello, no pretendamos entender a Lennon. Quizás su estatua, en el parque del Vedado, sea un acto nuestro de exorcismo generacional, pero él no está ahí. Prefiero imaginarlo, susurrándome al oído la misma frase de Martin Luther King cuando, desde su I have a dream, nos convocara a un sueño común en que "no estaremos satisfechos hasta que la justicia no caiga como una catarata y el bien como un torrente".
Prefiero imaginarlo, cantándole al mismísimo Bush, frente a la Casa Blanca, aquellos versos de Give me some truth, que tan bien le vienen a esa caricatura de gobierno, a ese gobernante de atrezzo, cuando gritó, Lennon, desde lo más profundo de su alma: "Ya estoy harto de leer chorradas de políticos neuróticos, psicóticos y estúpidos,/ lo que quiero es la verdad,/ ahora."
Debemos arrojar a los oceanos del tiempo una botella de náufragos siderales, para que el universo sepa de nosotros lo que no han de contar las cucarachas que nos sobrevivirán: que aqui existió un mundo donde prevalació el sufrimiento y la injusticia, pero donde conocimos el amor y donde fuimos capaces de imaginar la felicidad. Gabriel García Márquez
"Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos".
Eduardo Galeano
Ella no nació baja de peso ni con problemas respiratorios. Su única desgracia fue la ocurrencia de su madre de querer ponerle, como nombre, el apellido del afamado pianista húngaro que tanta paz le daba al escucharle, mientras su grávido vientre crecía cual enorme calabaza donde una niña dormitaba
Para los cubanos una combinación nada recomendable. Mi página es un poco así, algo sin conexión aparente para “desconectar el plug” o paladear una sopa de sesos. Aunque...
¿SABÍA USTED que en Tailandia se suele comer un postre donde al grano de arroz corto y cocido se le acompaña con azúcar y leche de coco, además de rodajas de mango? Haga la prueba….Siempre y cuando encuentre mangos y que no le arruinen el bolsillo.
"ALLÍ DONDE EL AGUA ALCANZA SU MAYOR PROFUNDIDAD,
SE MANTIENE MÁS EN CALMA".
Shakespeare
Ingredientes:
1 1/2 a 2 kilos de lomo de cerdo.
3 cucharadas de mostaza.
1 cucharadita de sal.
1 cucharadita de pimienta negra gruesa.
12 rebanadas de tocino.
1 mango grande
Procedimiento:
Une el lomo con la mostaza y espolvoreelo con sal y pimienta; déjalo que se marine durante unas dos o tres horas.
Pique si tiene un pedacito de tocino y póngalo a freír en una cazuela; luego, coloque el lomo en la misma y deje que se dore de cinco a siete minutos por cada lado.
Sin retirar el lomo de la cazuela coloque las rebanas de mango por toda la superficie de la carne y sujételas con palillos de madera; tape el recipiente y métalo al horno a una temperatura de 175 grados centígrados de 45 a 60 minutos.
Pique una parte de las rebanadas de mango y las que se deshicieron lícuelas con parte del jugo que soltó el lomo, para que obtenga una salsa más espesa; vacíe la salsa sobre la carne y deje que se hornee otro ratito más, sólo a que hierva.
Antes de rebanar el lomo sáquelo del recipiente y déjelo enfriar; ya para servir, báñelo con la salsa y adórnelo con tajadas de la fruta.
(Conferencia del autor que formó parte del taller Cómo contar una historia en el periodismo, en el pasado Festival Nacional de la Prensa Escrita, celebrado en el Palacio de las Convenciones de Ciudad de La Habana, en diciembre de 2005)
Si no comienzo contándoles algo no me van a creer. Y lo peor es que se van a aburrir. ¿O acaso no me han invitado a hablarles en este taller de cómo contar una historia?
NACÍ en una casa mágica. Tan pronto teníamos un televisor o un tocadiscos como mismo, al amanecer, habían desaparecido como por arte de Birlibirloque. Mi padre no era un mago, sino un magnífico gastronómico y mejor jugador de Póquer. Las mañanas que él mismo se desaparecía mi mamá me tomaba de la mano y ya sabía yo, con mis diez años, que íbamos al Vivac a interesarnos por él.
Hasta ese momento nunca había visto un televisor. Como niño pobre nacido en los ’50, solo recordaba la caja de zapatos recortada por mi madre, cuando tuve las paperas, a la que le pegaba, tras la tela, figurillas recortadas de papel que animaba, como sombras chinescas, con la luz de una vela. De manera que el día que llegó aquel cajón mágico, gracias a un golpe de suerte de los juegos de azar, mi familia tomó rasgo de nobleza en el barrio.
La hora de la telenovela de Palmolive convertía la sala en un estadio. Y la tanda de los muñequitos casi en un circo. Mi madre, aunque tenía que limpiar la casa hasta tres veces al día, prefería compartir con la mayoría del vecindario sin televisor los destellos de aquel artefacto que comenzó a ser, para mí, como la maestra del Kindergarten, lo que hoy es el preescolar.
Una tarde en que mis padres recibían una visita y no se podía ver "los muñe", decidí probar lo que había aprendido de aquella "maestra" de patas finas y voz escandalosa. Tomé una mesa y, sobre ella, puse otra mesita. Y sobre la mesita una silla. Y, sobre la silla, yo, solemne, con un paraguas desplegado bajo el alto varal del techo de mi casa. "Si Micky, el ratón, lograba lanzarse de altos edificios convirtiendo su sombrilla en paracaídas, por qué yo no.
La historia terminó en la Casa de Socorros de la localidad. Caí desparramado. Mis huesos sonaron como castañuelas. Y a un grito mío corrió hasta la visita. La placas no arrojaron fracturas, mas, desde entonces, mi rodilla izquierda me recuerda esta historia, de hace cuarenta y tantos años atrás, el día en que comencé a desconfiar, para toda la vida, de aquella caja mágica que pretendió ser mi maestra.
Me han pedido que dé una lección de cómo contar una historia en Periodismo. Tamaña barbaridad. Las lecciones son asignaturas y el verdadero periodismo se lleva en el corazón. Nadie enseña lo que nos pertenece por tradición, por generación espontánea de la literatura oral, aunque penosamente, en nuestro país, se haya casi perdido ese momento mágico en que, a punto de acostarnos, nuestros padres nos llenaban el mosquitero de maléficos dragones y princesas salvadas por valerosos mancebos que, no sé por qué, o sí sé, siempre eran rubios y de ojos azules. Ahora es el Play Station, o el video de Disney, el que hace de abuelita.
Y las primeras preguntas que quiero hacerles, para inquietarlos son: ¿Es que acaso el Periodismo tiene que, al final, sucumbir al placer de la fábula en cierta prostitución cómplice con la literatura? ¿Es que también estamos viviendo el temor que mantuvo en vilo a José Arcadio Buendía y a Úrsula Iguarán durante generaciones, cuando se unieron en matrimonio teniendo vínculos consanguíneos, hasta que a la familia le nació un hijo con cola de cerdo?
Lo primero que quiero decir es la perogrullada de que no hay Periodismo sin historia, aunque a veces nos parezca que a nuestra prensa le falta, precisamente, ese cromosoma; el de contar algo que interese, lejos de toda intención de propaganda política, en que muchas veces se difumina nuestro ejercicio del oficio, como retablo sonoro de la idea que queremos comunicar. De manera que obviamos casi siempre un elemento clave de la literatura, pero que puede servir de mucho al Periodismo; la hipérbole como figura literaria, que destierre la línea recta del aburrimiento, por ser camino conocido, y se vaya por los trillos de contar algo hermoso, impactante, que nos haga creer una historia, quizás exagerada en su apariencia, pero viva, tejida en su esencia a puro hilo de sentimiento y humanidad.
¿Acaso nuestra Isla no es ese Macondo navegable y navegado donde muchas veces no se puede distinguir entre realidad e irrealidad, donde una visión desproporcionada de nosotros mismos ha estado signada por la condición de fortaleza sitiada en que hemos vivido por más de 40 años, lo cual casi nos ha convertido en un territorio mágico, como el espacio ficcional de García Márquez? Aquí cualquier cosa puede suceder. Aquí lo maravilloso convive con lo cotidiano y, muchas veces, lo cotidiano le destierra.
Un lenguaje evocador y preciso nos sofoca, nos hace emplear palabras laudatorias para expresar una idea que, en la mayoría de los casos, vale por sí misma. No es cuestión de colocarnos a la par de la "industria periodística del siglo XXI", globalizante y globalizada, en la cual las historias se atornillan a pura rosca para defender las mentiras de los poderes hegemónicos. Sino ser como la estirpe de los griots, aquellos ancianos venerables que contaban las mágicas aventuras de Las mil y una noches en los zocos marroquíes, convirtiendo algo real en mágico por el toque de encanto con que se narraban las increíbles historias de princesas y palacios.
Hecho este preámbulo, vayamos a lo que se supone debe ser mi fórmula para ustedes, la cual, aclaro, no parte de ninguna otra aula que no sea la experiencia de luchar, cada mañana, contra lo que yo llamo oficio del marrano, esa pretensión de hacer Periodismo y que muchas veces se nos queda en el acto mismo de ensuciar la hoja de papel.
PRIMERO Una historia cualquiera, por muy bien contada que esté, no agarra al lector por el cuello si carece de un título sugerente, a veces poético, a veces tramposo, en el mejor sentido del término, que se erija como preámbulo de la fiesta de lectura que debe anunciar. Cierto es que, signados en ocasiones por la premura del cierre y otras por el facilismo o los esquemas, tomamos al vuelo cualquier frase, y se la ponemos de sombrero, sin establecer una seria relación que nos resuma oficio e imaginación. Sin dudas, un periodista no es solo alguien que traslada un pedazo de realidad al papel, al sonido o a la imagen. Tiene que ser también un creador, un artista en el arte de saber engarzar las palabras para que encanten; es decir, para comunicar algo. De modo que un buen título ha de ser premisa de una buena historia contada con creatividad.
SEGUNDO: Si la historia tiene conexiones con el ser humano que la cuenta será doblemente impactante y, por ende, creíble. No es lo mismo hablar de una guerra desde detrás de un teléfono o una pantalla de televisión, que desde el propio escenario de los hechos. ¿Por qué, entonces, ese temor a partir de lo más cercano que tenemos, como experiencia personal, y que muchas veces desperdiciamos? ¿Ese yo que, finalmente, se convierte en un nosotros mejorado? Un periodista de verdad tiene que aprender a hacer, como el actor, un desnudo público. Solo que si el primero es corporal, este es un strip-tease del espíritu en busca de una empatía, no solo visual sino, además, comunicativa de esencias.
Uno de los males distintivos del periodismo del Siglo XX, según señala el Máster brasilero en Comunicación Social José Marques de Melo, fue el menosprecio atribuido al protagonismo de los individuos en la construcción de la Historia. Debido a que "Las metodologías hegemónicas privilegiaron el papel sociopolítico de las estructuras, de las instituciones o de las masas. Como si estas no fuesen accionadas por personalidades dotadas de carisma o fuerza persuasiva. Correspondió siempre a tales liderazgos impulsar revoluciones o conducir procesos de cambios radicales". (De biógrafos a biografiados: periodistas en la historia. José Marques de Melo, Internet)
Y señala que el círculo vicioso fue roto parcialmente por la acción de intrépidos periodistas que construyeron, a la hora de biografiar personalidades, emocionantes historias de individuos que, al final, dejaron una visión de la sociedad misma donde se desarrollaron estos. Filón que, rápidamente, fuera aprovechado por los historiadores en círculos académicos, para reconstruir el tiempo histórico de una manera menos almidonada, más desinhibida y más asequible a las grandes masas de lectores. Está el caso de Joao do Rio, el llamado "reportero maldito", quien enfrentó a las élites nacionales de principios del siglo XX al introducir la cotidianidad de las clases populares en reportajes brillantemente publicados en la prensa de la época. O de Euclides da Cunha, quien fue el primero en revelar, en su obra Los Sertones, no solo las atrocidades cometidas por quienes se suponían grandes héroes de guerra, sino también la verdadera realidad del interior brasileño, sumido en la miseria y el atraso.
Pienso que el periodista es un ser humano como otro cualquiera, cocido a base de historias contradictorias, de experiencias similares a las de cualquier mortal. Luego entonces, en tanto soy capaz de descubrirme a los demás, con mis imperfecciones y mis entuertos, la gente comienza a creer en mí más allá de supuestas cofradías libres de yerros. De manera que la conexión sicológica entre el que cuenta la historia y el que la recibe tiene que darse en un contexto de identificación o de rechazo del problema, que termine en una especie de exorcismo espiritual y humano que nos mejore.
TERCERO: Lo que yo denominaría como la dramaturgia de la palabra. Eso a lo que tanto le tememos, a veces por facilismo y otras por incapacidad, y que no podemos obviar si de narrar de modo subyugante se trata. El periodista que cuenta tiene que leer varias veces, en voz alta, para escucharse a sí mismo en la cadencia de las frases, los puntos y las comas. En decidir si primero va el adjetivo y luego el vocablo o viceversa, en la búsqueda de una sonoridad que apunte a un estilo. Es como esa pieza musical que está escrita en un mismo pentagrama, pero que, luego, cada artista la toca a su manera, según su aire y esa sensibilidad propia que le distingue de las demás interpretaciones.
Comenta el narrador y dramaturgo argentino Abelardo Castillo que no es lo mismo decir "ahí está la ventana" que "la ventana está ahí". En el primer caso se prestigia el espacio, en el otro se privilegia el objeto. De modo que en toda sintaxis hay una interpretación del mundo donde se produce la historia.
En mi opinión la primera frase es definitoria a la hora de atrapar la atención del lector. Creo que todo el mundo que haya leído Cien Años de Soledad, de García Márquez, está apto para recitar, casi de memoria, la frase con que inaugura su novela: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo." Nótese que aquí el hielo, a partir de la sintaxis, acoge la connotación de paisaje, de lo inaudito, de lo fantástico, de lo nunca visto.
Y, para ello, han de tenerse presente los elementos que el propio Nóbel de Literatura señalara en una charla a los alumnos de la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños, como elementos fundamentales a la hora de contar una historia:
-Sorprender el momento exacto en que surge una idea, como el cazador que descubre de pronto, en la mirilla de su fusil, el instante preciso en que salta la liebre. Es decir, escribir la imagen de lo que se quiere contar en el momento exacto en que se visualiza. Y eso habla un poco de la inspiración inherente a todo acto creativo y, por ende, al Periodismo también.
-Anotar hasta los disparates que se nos ocurran y tenerles en cuenta porque, a veces, con un simple giro lingüístico, dan paso a soluciones muy imaginativas de problemas que laten en la sociedad. Aquí el Gabo habla de agilidad en las acciones y de creer que todo puede sernos útil, siempre que pase por el tamiz del talento.
-Continuar alimentando la manía de contar, que todos padecemos en mayor o menor grado.
Y aquí, finalmente, quiero detenerme. En la vida cotidiana, personal de cada uno de nosotros, somos unos tremendos cuentistas sin llegar, en algunos casos, a vivir del cuento. El cubano puede levantarse sin café o hacerse un acordeón mal oliente en un "camello" hacia el trabajo, pero Pepito, esa especie de conciencia ciudadana entre el choteo y su base de realidad, no puede faltarnos. Podemos afirmar que somos dados a las historias contadas, de boca en boca, por raíz. Entonces, ¿por qué privar a nuestro periodismo de ese bendito encantamiento que viene con lo cotidiano? ¿Por qué construir desde la prensa una realidad de cartón que, en ocasiones, se derrumba ante otra, compleja, diversa, contradictoria y rica en matices?
No son estas palabras un llamado a fabricar mentiras por la mentira misma de ser leídos con interés. El asunto es medular. Es cuestión de hacer más potable nuestra rica realidad a partir de esos destellos, casi ininteligibles, que solo el corazón puede transformar en luz para mover los resortes de la vida toda.
La prensa no está para edulcorar o travestir esa realidad. La credibilidad no está en el canto laudatorio o en la crítica de abordaje piratesco, sino en ser nosotros mismos, como misma es nuestra nación; compleja y unida sin llegar a tocar las falsas trompetas de lo unánime que, al final, anuncian un cielo sin asidero al paisaje. La Patria está en nosotros. El compromiso también, de modo que no es necesario estar acentuándolo constantemente en una prensa a veces cargante, a veces aburrida, que no hurga, como debiera ser, en el diapasón sonoro de la sinfonía que somos y que fuera anunciada, mucho antes, por el propio Don Fernando Ortiz cuando nos comparó con el oloroso plato, casi prohibitivo ahora, por el precio de las viandas, en los mercados agropecuarios.
No le temamos al nacimiento de la cola de cerdo. En definitiva, seremos nosotros mismos, sin perder nuestra esencia, con algo diferente, en la búsqueda de un oficio más ameno, más profundo, más comprometido, más martiano, como nos enseñó, sin quererlo ni pretenderlo, el Apóstol de Cuba.
Antes de escribir siquiera la primera línea y pretender hacer periodismo, pensemos en lo que Pablo Milanés dijo, magistralmente, desde una de sus antológicas canciones: "Muchas veces te dije que antes de hacerlo/ había que pensarlo muy bien/ que a esta unión de nosotros/ le hacía falta carne y deseos también."
"El arte, la gloria, la libertad se marchitan,
pero la naturaleza siempre permanece bella."
Lord Byron
INGREDIENTES: 1. Cocer ligeramente los mangos, pelados y partidos, batirlos para conseguir una pasta consistente.
2. Añadir azúcar, zumo de limón y ron HABANA CLUB.
3. Agregar, finalmente, 200 gr. de crema de nata y adornar con trozos de piña.
4. Servirlo frío en copas.
(Para mis amigos brasileros Susanne Buchweitz y Helcio Moura de Cardoso, algunos de los “culpables” de mi amor por ese país)
He buscado en toda la Internet. En las páginas de las subastas más insólitas.
Abro un sitio como Ebay y me encuentro con un “stripper” que vende un implante de senos; un chileno, el dominio www.Pinochet.com; otros ofrecen supuestos restos del Columbia, el balón errado por Beckham en la Eurocopa o tres mujeres vietamitas; y hasta un osado se atreve a subastar el Banco Mundial, que de poco o nada sirve a los países pobres.
Otro propone a su suegra sobre supuestos argumentos de que es “la mejor del mundo”; una agencia de viajes ofrece paquetes turísticos para enviar de vacaciones a su osito de peluche; la venda ensangrentada que cubrió la cabeza de Ariel Sharon, al lesionarse durante la Guerra del Medio Oriente en 1973, resulta altamente cotizada; y hasta un pan de hamburguesa donde, supuestamente, aparece reflejada la imagen de María, causa escándalo.
Y busco. Y busco más a ver quién vende un corazón. Entonces encuentro la noticia de un policía que rescata a gnomos secuestrados; un vuelo suspendido en Argentina por culpa de un caballo; una Valla publicitaria que le busca esposa a soltero de Utah; un político en Rosario que hace campaña regalando despertadores y hasta una universidad romana que ofrece cursos de exorcismos.
Pero nadie vende, materialmente, su corazón.
Solo la poesía lo hace virtualmente. Como un motor—buscador más en el ciberespacio de los sentimientos, que pretende atrapar a otro corazón. Un recurso poético para que el desamor entreteja su red contra el desamparo.
Y un poeta escribe:
“Se vende un corazón que está sangrando/ por una herida profunda que no cierra,/ un corazón que ha sido despreciado/ dejado a la intemperie para que muera.”
Y un solitario pone un clasificado:
“Gran corazón rojo, relleno de defectos y virtudes, dispuesto a dejar de latir por su dueña. Lo único que pide a cambio es que lo quieran un poquito. Es recargable, resistente, duradero, tierno y fiel…¡Decídete ya!”
El humorista recomienda:
“NO se deje el corazón al alcance de las niñas mayores de 18 años. El mal uso del ‘producto’ puede ocasionar traslado de vivienda. Contiene detector de mentiras. ¡Cuídelo que no trae piezas de repuesto!”
Y hasta una suicida alerta:
“Se vende un corazón o se traspasa. Urge la transacción por desamada.”
Y pienso, y siento, que la Humanidad necesita de un corazón único, íntegro, como ese pan que sirve para todo y alimenta.
Un corazón que acabe con el hambre, las guerras, la prostitución infantil, el cáncer, el SIDA, la desidia, el desamor, la envidia, el desacato, el igualitarismo, las falsas libertades de prensa, la demagogia, el desgobierno de los pueblos… en fin, todo lo que enferma el músculo más perfecto, más socorrido, más vilipendiado de la historia.
Un corazón que, en acto de humana magia, trueque en flores las balas que mataron a Lorca; uno como el que atropelló la torpe bufanda de Isadora; el que puso a prueba Neruda en Veinte poemas de amor y una canción desesperada; el de Haydee abrigando a los artistas junto a los desamparados ojos de su hermano en manos de sus verdugos; o el que mudó en manantial aquella mañana en Dos Ríos. El que late, lleno de contradicciones y amores, sobre esta Isla, como quien navega, noche y día, al encuentro de su amada.
Para ello harán falta fábricas de besos en lugar de las de misiles. Sonrisas que viajen hacia otras sonrisas sin llegar a ser como misiones espaciales. Velas que con su pabilo aromaticen la tierra de verdaderas esencias naturales. Cáscaras de silencio antes que fruta de palabrería insana. Funerarias y cementerios clausurados por el ocio. Manos dispuestas a terminar de tejer la inacaba esperanza.
Porque el corazón del Planeta no puede continuar siendo ese caracol al que le han robado el susurro de las olas. Porque necesitamos a alguien, o mejor dicho, a muchos que soplen por la brisa y enrumben proa. Que partan, otra vez, el mar en dos para que el pueblo pase. Alguien que desentierre, de una vez, el tesoro de los buenos corazones heredados.
Estoy seguro, y aquí si digo verdad. No creo que haya nadie dispuesto a vender su corazón por alta que sea la cifra. Pero sí creo que debemos exigirlo. Estamos a tiempo. Debemos exigirnos compartir el corazón, entre todos, como jugosa fruta bendecida.
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