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ARROZ CON MANGO

"El arte, la gloria, la libertad se marchitan,

pero la naturaleza siempre permanece bella."

                                                      Lord Byron

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

SE COMPRA UN RABO DE CERDO

(Conferencia del autor que formó parte del taller Cómo contar una historia en el periodismo, en el pasado Festival Nacional de la Prensa Escrita, celebrado en el Palacio de las Convenciones de Ciudad de La Habana, en diciembre de 2005)

 

Si no comienzo contándoles algo no me van a creer. Y lo peor es que se van a aburrir. ¿O acaso no me han invitado a hablarles en este taller de cómo contar una historia?

NACÍ en una casa mágica. Tan pronto teníamos un televisor o un tocadiscos como mismo, al amanecer, habían desaparecido como por arte de Birlibirloque. Mi padre no era un mago, sino un magnífico gastronómico y mejor jugador de Póquer. Las mañanas que él mismo se desaparecía mi mamá me tomaba de la mano y ya sabía yo, con mis diez años, que íbamos al Vivac a interesarnos por él.

  Hasta ese momento nunca había visto un televisor. Como niño pobre nacido en los ’50, solo recordaba la caja de zapatos recortada por mi madre, cuando tuve las paperas, a la que le pegaba, tras la tela, figurillas recortadas de papel que animaba, como sombras chinescas, con la luz de una vela. De manera que el día que llegó aquel cajón mágico, gracias a un golpe de suerte de los juegos de azar, mi familia tomó rasgo de nobleza en el barrio.

La hora de la telenovela de Palmolive convertía la sala en un estadio. Y la tanda de los muñequitos casi en un circo. Mi madre, aunque tenía que limpiar la casa hasta tres veces al día, prefería compartir con la mayoría del vecindario sin televisor los destellos de aquel artefacto que comenzó a ser, para mí, como la maestra del Kindergarten, lo que hoy es el preescolar.

 Una tarde en que mis padres recibían una visita y no se podía ver "los muñe", decidí probar lo que había aprendido de aquella "maestra" de patas finas y voz escandalosa. Tomé una mesa y, sobre ella, puse otra mesita. Y sobre la mesita una silla. Y, sobre la silla, yo, solemne, con un paraguas desplegado bajo el alto varal del techo de mi casa. "Si Micky, el ratón, lograba lanzarse de altos edificios convirtiendo su sombrilla en paracaídas, por qué yo no.

 La historia terminó en la Casa de Socorros de la localidad. Caí desparramado. Mis huesos sonaron como castañuelas. Y a un grito mío corrió hasta la visita. La placas no arrojaron fracturas, mas, desde entonces, mi rodilla izquierda me recuerda esta historia, de hace cuarenta y tantos años atrás, el día en que comencé a desconfiar, para toda la vida, de aquella caja mágica que pretendió ser mi maestra.

Me han pedido que dé una lección de cómo contar una historia en Periodismo. Tamaña barbaridad. Las lecciones son asignaturas y el verdadero periodismo se lleva en el corazón. Nadie enseña lo que nos pertenece por tradición, por generación espontánea de la literatura oral, aunque penosamente, en nuestro país, se haya casi perdido ese momento mágico en que, a punto de acostarnos, nuestros padres nos llenaban el mosquitero de maléficos dragones y princesas salvadas por valerosos mancebos que, no sé por qué, o sí sé, siempre eran rubios y de ojos azules. Ahora es el Play Station, o el video de Disney, el que hace de abuelita.

Y las primeras preguntas que quiero hacerles, para inquietarlos son: ¿Es que acaso el Periodismo tiene que, al final, sucumbir al placer de la fábula en cierta prostitución cómplice con la literatura? ¿Es que también estamos viviendo el temor que mantuvo en vilo a José Arcadio Buendía y a Úrsula Iguarán durante generaciones, cuando se unieron en matrimonio teniendo vínculos consanguíneos, hasta que a la familia le nació un hijo con cola de cerdo?

Lo primero que quiero decir es la perogrullada de que no hay Periodismo sin historia, aunque a veces nos parezca que a nuestra prensa le falta, precisamente, ese cromosoma; el de contar algo que interese, lejos de toda intención de propaganda política, en que muchas veces se difumina nuestro ejercicio del oficio, como retablo sonoro de la idea que queremos comunicar. De manera que obviamos casi siempre un elemento clave de la literatura, pero que puede servir de mucho al Periodismo; la hipérbole como figura literaria, que destierre la línea recta del aburrimiento, por ser camino conocido, y se vaya por los trillos de contar algo hermoso, impactante, que nos haga creer una historia, quizás exagerada en su apariencia, pero viva, tejida en su esencia a puro hilo de sentimiento y humanidad.

¿Acaso nuestra Isla no es ese Macondo navegable y navegado donde muchas veces no se puede distinguir entre realidad e irrealidad, donde una visión desproporcionada de nosotros mismos ha estado signada por la condición de fortaleza sitiada en que hemos vivido por más de 40 años, lo cual casi nos ha convertido en un territorio mágico, como el espacio ficcional de García Márquez? Aquí cualquier cosa puede suceder. Aquí lo maravilloso convive con lo cotidiano y, muchas veces, lo cotidiano le destierra.

Un lenguaje evocador y preciso nos sofoca, nos hace emplear palabras laudatorias para expresar una idea que, en la mayoría de los casos, vale por sí misma. No es cuestión de colocarnos a la par de la "industria periodística del siglo XXI", globalizante y globalizada, en la cual las historias se atornillan a pura rosca para defender las mentiras de los poderes hegemónicos. Sino ser como la estirpe de los griots, aquellos ancianos venerables que contaban las mágicas aventuras de Las mil y una noches en los zocos marroquíes, convirtiendo algo real en mágico por el toque de encanto con que se narraban las increíbles historias de princesas y palacios.

 Hecho este preámbulo, vayamos a lo que se supone debe ser mi fórmula para ustedes, la cual, aclaro, no parte de ninguna otra aula que no sea la experiencia de luchar, cada mañana, contra lo que yo llamo oficio del marrano, esa pretensión de hacer Periodismo y que muchas veces se nos queda en el acto mismo de ensuciar la hoja de papel.

PRIMERO Una historia cualquiera, por muy bien contada que esté, no agarra al lector por el cuello si carece de un título sugerente, a veces poético, a veces tramposo, en el mejor sentido del término, que se erija como preámbulo de la fiesta de lectura que debe anunciar. Cierto es que, signados en ocasiones por la premura del cierre y otras por el facilismo o los esquemas, tomamos al vuelo cualquier frase, y se la ponemos de sombrero, sin establecer una seria relación que nos resuma oficio e imaginación. Sin dudas, un periodista no es solo alguien que traslada un pedazo de realidad al papel, al sonido o a la imagen. Tiene que ser también un creador, un artista en el arte de saber engarzar las palabras para que encanten; es decir, para comunicar algo. De modo que un buen título ha de ser premisa de una buena historia contada con creatividad.

SEGUNDO: Si la historia tiene conexiones con el ser humano que la cuenta será doblemente impactante y, por ende, creíble. No es lo mismo hablar de una guerra desde detrás de un teléfono o una pantalla de televisión, que desde el propio escenario de los hechos. ¿Por qué, entonces, ese temor a partir de lo más cercano que tenemos, como experiencia personal, y que muchas veces desperdiciamos? ¿Ese yo que, finalmente, se convierte en un nosotros mejorado? Un periodista de verdad tiene que aprender a hacer, como el actor, un desnudo público. Solo que si el primero es corporal, este es un strip-tease del espíritu en busca de una empatía, no solo visual sino, además, comunicativa de esencias.

 Uno de los males distintivos del periodismo del Siglo XX, según señala el Máster brasilero en Comunicación Social José Marques de Melo, fue el menosprecio atribuido al protagonismo de los individuos en la construcción de la Historia. Debido a que "Las metodologías hegemónicas privilegiaron el papel sociopolítico de las estructuras, de las instituciones o de las masas. Como si estas no fuesen accionadas por personalidades dotadas de carisma o fuerza persuasiva. Correspondió siempre a tales liderazgos impulsar revoluciones o conducir procesos de cambios radicales". (De biógrafos a biografiados: periodistas en la historia. José Marques de Melo, Internet)

Y señala que el círculo vicioso fue roto parcialmente por la acción de intrépidos periodistas que construyeron, a la hora de biografiar personalidades, emocionantes historias de individuos que, al final, dejaron una visión de la sociedad misma donde se desarrollaron estos. Filón que, rápidamente, fuera aprovechado por los historiadores en círculos académicos, para reconstruir el tiempo histórico de una manera menos almidonada, más desinhibida y más asequible a las grandes masas de lectores. Está el caso de Joao do Rio, el llamado "reportero maldito", quien enfrentó a las élites nacionales de principios del siglo XX al introducir la cotidianidad de las clases populares en reportajes brillantemente publicados en la prensa de la época. O de Euclides da Cunha, quien fue el primero en revelar, en su obra Los Sertones, no solo las atrocidades cometidas por quienes se suponían grandes héroes de guerra, sino también la verdadera realidad del interior brasileño, sumido en la miseria y el atraso.

 Pienso que el periodista es un ser humano como otro cualquiera, cocido a base de historias contradictorias, de experiencias similares a las de cualquier mortal. Luego entonces, en tanto soy capaz de descubrirme a los demás, con mis imperfecciones y mis entuertos, la gente comienza a creer en mí más allá de supuestas cofradías libres de yerros. De manera que la conexión sicológica entre el que cuenta la historia y el que la recibe tiene que darse en un contexto de identificación o de rechazo del problema, que termine en una especie de exorcismo espiritual y humano que nos mejore.

TERCERO: Lo que yo denominaría como la dramaturgia de la palabra. Eso a lo que tanto le tememos, a veces por facilismo y otras por incapacidad, y que no podemos obviar si de narrar de modo subyugante se trata. El periodista que cuenta tiene que leer varias veces, en voz alta, para escucharse a sí mismo en la cadencia de las frases, los puntos y las comas. En decidir si primero va el adjetivo y luego el vocablo o viceversa, en la búsqueda de una sonoridad que apunte a un estilo. Es como esa pieza musical que está escrita en un mismo pentagrama, pero que, luego, cada artista la toca a su manera, según su aire y esa sensibilidad propia que le distingue de las demás interpretaciones.

Comenta el narrador y dramaturgo argentino Abelardo Castillo que no es lo mismo decir "ahí está la ventana" que "la ventana está ahí". En el primer caso se prestigia el espacio, en el otro se privilegia el objeto. De modo que en toda sintaxis hay una interpretación del mundo donde se produce la historia.

En mi opinión la primera frase es definitoria a la hora de atrapar la atención del lector. Creo que todo el mundo que haya leído Cien Años de Soledad, de García Márquez, está apto para recitar, casi de memoria, la frase con que inaugura su novela: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo." Nótese que aquí el hielo, a partir de la sintaxis, acoge la connotación de paisaje, de lo inaudito, de lo fantástico, de lo nunca visto.

Y, para ello, han de tenerse presente los elementos que el propio Nóbel de Literatura señalara en una charla a los alumnos de la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de Los Baños, como elementos fundamentales a la hora de contar una historia:

-Sorprender el momento exacto en que surge una idea, como el cazador que descubre de pronto, en la mirilla de su fusil, el instante preciso en que salta la liebre. Es decir, escribir la imagen de lo que se quiere contar en el momento exacto en que se visualiza. Y eso habla un poco de la inspiración inherente a todo acto creativo y, por ende, al Periodismo también.

-Anotar hasta los disparates que se nos ocurran y tenerles en cuenta porque, a veces, con un simple giro lingüístico, dan paso a soluciones muy imaginativas de problemas que laten en la sociedad. Aquí el Gabo habla de agilidad en las acciones y de creer que todo puede sernos útil, siempre que pase por el tamiz del talento.

-Continuar alimentando la manía de contar, que todos padecemos en mayor o menor grado.

Y aquí, finalmente, quiero detenerme. En la vida cotidiana, personal de cada uno de nosotros, somos unos tremendos cuentistas sin llegar, en algunos casos, a vivir del cuento. El cubano puede levantarse sin café o hacerse un acordeón mal oliente en un "camello" hacia el trabajo, pero Pepito, esa especie de conciencia ciudadana entre el choteo y su base de realidad, no puede faltarnos. Podemos afirmar que somos dados a las historias contadas, de boca en boca, por raíz. Entonces, ¿por qué privar a nuestro periodismo de ese bendito encantamiento que viene con lo cotidiano? ¿Por qué construir desde la prensa una realidad de cartón que, en ocasiones, se derrumba ante otra, compleja, diversa, contradictoria y rica en matices?

No son estas palabras un llamado a fabricar mentiras por la mentira misma de ser leídos con interés. El asunto es medular. Es cuestión de hacer más potable nuestra rica realidad a partir de esos destellos, casi ininteligibles, que solo el corazón puede transformar en luz para mover los resortes de la vida toda.

La prensa no está para edulcorar o travestir esa realidad. La credibilidad no está en el canto laudatorio o en la crítica de abordaje piratesco, sino en ser nosotros mismos, como misma es nuestra nación; compleja y unida sin llegar a tocar las falsas trompetas de lo unánime que, al final, anuncian un cielo sin asidero al paisaje. La Patria está en nosotros. El compromiso también, de modo que no es necesario estar acentuándolo constantemente en una prensa a veces cargante, a veces aburrida, que no hurga, como debiera ser, en el diapasón sonoro de la sinfonía que somos y que fuera anunciada, mucho antes, por el propio Don Fernando Ortiz cuando nos comparó con el oloroso plato, casi prohibitivo ahora, por el precio de las viandas, en los mercados agropecuarios.

No le temamos al nacimiento de la cola de cerdo. En definitiva, seremos nosotros mismos, sin perder nuestra esencia, con algo diferente, en la búsqueda de un oficio más ameno, más profundo, más comprometido, más martiano, como nos enseñó, sin quererlo ni pretenderlo, el Apóstol de Cuba.

Antes de escribir siquiera la primera línea y pretender hacer periodismo, pensemos en lo que Pablo Milanés dijo, magistralmente, desde una de sus antológicas canciones: "Muchas veces te dije que antes de hacerlo/ había que pensarlo muy bien/ que a esta unión de nosotros/ le hacía falta carne y deseos también."

LOMO DE CERDO AL MANGO

Ingredientes:

1 1/2 a 2 kilos de lomo de cerdo.

3 cucharadas de mostaza.

1 cucharadita de sal. 

1 cucharadita de pimienta negra gruesa.

12 rebanadas de tocino.

1 mango grande

Procedimiento:

Une el lomo con la mostaza y espolvoreelo con sal y pimienta; déjalo que se marine durante unas dos o tres horas.

Pique si tiene un pedacito de tocino y póngalo a freír en una cazuela; luego, coloque el lomo en la misma  y deje que se dore de cinco a siete minutos por cada lado.

Sin retirar el lomo de la cazuela coloque las rebanas de mango por toda la superficie de la carne y sujételas con palillos de madera; tape el recipiente y métalo al horno a una temperatura de 175 grados centígrados de 45 a 60 minutos.

Pique una parte de las rebanadas de mango y las que se deshicieron lícuelas con parte del jugo que soltó el lomo, para que obtenga una salsa más espesa; vacíe la salsa sobre la carne y deje que se hornee otro ratito más, sólo a que hierva.

Antes de rebanar el lomo sáquelo del recipiente y déjelo enfriar; ya para servir, báñelo con la salsa y adórnelo con tajadas de la fruta.

"ALLÍ DONDE EL AGUA ALCANZA SU MAYOR PROFUNDIDAD,

SE MANTIENE MÁS EN CALMA".

                                          Shakespeare

EL IDIOTA ANALÓGICO


 ÉL NO hizo la cola del supermercado. Ladró en italiano y se coló, mejor que cualquier cubano, a la fuerza. Pagó su mercancía. No le dio un céntimo de propina a la cajera y ni siquiera las gracias por su amabilidad. Los que estábamos en la fila lo miramos, como fantasmas, y aceptamos aquello como algo natural.
Fue el momento exacto en que descubrió a la muchacha. Ella, con la timidez propia de la típica mujer del campo, se hacía acompañar de su madre. El, como un dinosaurio europeo, se le acercó, ladino, y comenzó a susurrarle, ¡a saber qué cosas!
Ella negaba con la cabeza. Él insistía. Ella decía que no, sonrojada y tímida. Él se dio cuenta, entonces, que tenía que comenzar enamorando a la madre, una señora que se avenía mejor a su edad diluviana de macho en celo, que aquel fresco manjar atrapado en unos “pélvicos” que dejaban al descubierto la tersa piel amarrada a un juvenil ombligo.
Con una manota le tomó entonces el mentón a la mujer mayor que no sabía qué hacer ante el insistente atrevido. Sorprendida e iracunda, también, , negó con la cabeza.
Fue el momento en que el turista abrió sus fauces como aquellos escuálidos que nadaban, hace mas de 100 millones de años en los mares del período Cretácico. Hubiese querido destrozarla a dentelladas puras, pero hubiese sido una actitud caníbal y un descrédito para un hombre supuestamente civilizado y venido del viejo mundo como colonizador postmoderno.
Casi un eructo salió de su boca como una bola de fuego. Y, de verdad, no supe si se trataba del malcriado dragón de los cuentos infantiles o, simplemente, una caguama queriendo desovar los huevos de su ira en aquella noble familia.
¡Idiooota! —gritó en perfecto español el hombre y, dando media vuelta, se marchó como un perro con el rabo entre las patas.
Seguramente se fue maldiciendo y pensando que era inconcebible, fuera de todo pronóstico, que una “indita” se resistiera a que el “hombre blanco” le llenara de abalorios y cristalitos fatuos a cambio de sus favores.
El pueblo cubano, me atrevo a firmarlo lejos de todo chovinismo barato, es, sin dudas, uno de los más hospitalarios del Planeta. Acoger al turista como a un pariente querido que acaba de llegar a nuestra casa, no siempre es una actitud movida por el dinero y los resortes materiales. El afecto y la familiaridad propios del cubano, a pesar de algunas interesadas sanguijuelas que pululan por las calles, es un rasgo que nos distingue en el mundo y nos hace seres irrepetibles.
Pero, penosamente, a veces esas actitudes son mal traducidas, no por quienes de modo sincero vienen a conocernos como comunidad humana y nos respetan de igual a igual. Esos que nos han brindado la solidaridad más absoluta en los momentos difíciles o aquellas personas, de cualquier parte del mundo, que quieren conocer a un pueblo que jamás ha perdido su sonrisa ante nada ni nadie.
Me refiero a los otros, los que siendo en su país de origen seres anónimos, como un simple  número en el frío registro poblacional, vienen aquí a sentirse señores feudales, a travestirse en una versión contemporánea del bárbaro nómada Gengis Kan, dispuestos a raptar doncellas casi por nada.
Y es ahí donde esta especie de turista se equivoca, cuando piensa que toda cubana tiene un precio, un bajo precio, y puede ser encantada, y comprada, por el subyugante tintinear del dólar porque, precisamente, esa es la imagen negativa prefabricada fuera de Cuba. Imagen que ha pretendido revitalizar, infructuosamente, la postal de casinos y libertinaje que era la Isla, como destino, antes del ’59. Supuesto marketing que pretende obviar las bellezas naturales de este país y, especialmente, de su gente, para insistir en un ataque político a la moral de la mujer cubana.
Estos personajillos no se quedan casi nunca en la costosa capital. Vienen al interior donde la nobleza es más fácil de tocar como quien toma, con la mano, la fruta del árbol prohibido. Son los que se hacen rodear de un séquito de “inocentes” depredadores que le conectan con el bajo mundo que buscan para sentirse reyes. Son los que andan con ropajes impúdicos sin que sean multados por ninguna autoridad, se creen con derecho a maltratar a cualquier empleado en los establecimientos y nos consideran, en el mejor de los casos, sus criados.
Si bien el país ha encontrado en el turismo una brecha inteligente para paliar la crisis económica, a partir de algo que nos pertenece: nuestra riqueza geográfica y, por encima de ella, nuestra riqueza en generosidad; los ciudadanos debemos estar alertas ante actitudes tales que nos conviertan en sus vasallos, como nostálgicos señores feudales ellos, trasnochados, que regresan a América en busca de su perdida dote.
En lo particular, porque la dignidad de un pueblo no solo las establecen las leyes de un país, cada quien que sepa distinguir entre “el amigo sincero que nos da su mano franca” y entre el quiere arrancarnos el corazón con que vivimos; para saber a quiénes le abrimos o no las puertas de nuestra casa, que es abrirles, también, las puertas de nuestro corazón.
Decía el filósofo y escritor francés Edmond Thiaudiére: “Me parece que la civilización tiende más a refinar el vicio que a perfeccionar la virtud” y, a veces, quienes nos visitan bajo el status de turista confundido, esconden en su sospechosa actitud mimética esos peligrosos síntomas.
Los de acá, los que todavía “padecemos” de amor propio por ese verbo martiano de: “…en los montes, montes soy”, debemos tener fresquitas las palabras de Goethe cuando decía que “el comportamiento es un espejo en el cual cada uno muestra su imagen”. Ser hospitalario no significa ser alfombra. Ser educado no puede traducirse como incondicionalidad ramplona con quienes nos ofendan o denigren. Esos idiotas analógicos que, creyéndonos indios, nos agreden, han de desactivarse con la elegancia propia del relojero que pone la maquinaria bajo su profunda mirada potenciada por el lente, para luego ajustarle la cuerda con la minuciosidad que se requiere, con la exactitud de la hora o, en su defecto, tira el reloj a la basura y dice con desdén: ¡Este no sirve!

¿QUÉ ES UN ARROZ CON MANGO?

¿QUÉ ES UN ARROZ CON MANGO?

Para los cubanos una combinación nada recomendable. Mi página es un poco así, algo sin conexión aparente para “desconectar el plug” o paladear una sopa de sesos. Aunque...

 ¿SABÍA USTED que en Tailandia se suele comer un postre donde al grano de arroz corto y cocido se le acompaña con azúcar y leche de coco, además de rodajas de mango? Haga la prueba….Siempre y cuando encuentre mangos y que no le arruinen el bolsillo.

LIZT ALFONSO: LA QUE SE QUISO MORIR

LIZT ALFONSO: LA QUE SE QUISO MORIR

Ella no nació baja de peso ni con problemas respiratorios. Su única desgracia fue la ocurrencia de su madre de querer ponerle, como nombre, el apellido del afamado pianista húngaro que tanta paz le daba al escucharle, mientras su grávido vientre crecía cual enorme calabaza donde una niña dormitaba
¿Ponerle Lizt? ¡Usted está loca! Dijeron en el hospital y ese día no la inscribieron. La recién estrenada mamá se negaba a ceder en su deseo y pronto comenzó todo un proceso de negociaciones.
Luego de largas discusiones, y hasta clases de música, los del Registro Civil accedían a que se le pusiera Liz. Ella no transigió y de mala gana —quizás pidiéndole perdón por tal blasfemia al compositor del Romanticismo del XIX— accedió a que quitaran del medio la zeta. Finalmente, su nombre quedó registrado como List Herrera Alfonso.
Los escribanos no sabían idiomas. Creyeron haber ganado la pelea  e hicieron el ridículo. Acababan de darle por nombre a la recién nacida un vocablo que en Inglés significa: lista…Y  creo que no se equivocaron si se le tiene en su segunda acepción como sinónimo de inteligente.
“Después —comenta la bailarina con picardía infantil— cambié la ese por la zeta, para acercarme más al espíritu y al genio de Franz; y Laura Alonso quiso que asumiera como apellido el de mi madre porque decía que Alonso y Alfonso rimaban y ella quería tenerme siempre cerca de ella.”
La tarde en que concertamos la entrevista pensé que entraría por la puerta de mi casa una gacela llena de glaumor, quizás con turbante y gafas oscuras para cuidar del sol los bordes de sus ojos, o con un chal enredado trágicamente a su cuello a lo Isadora Duncan. Nada de eso. Llegó más cubana que Juana y convirtió el rito de las preguntas en una rueda de casino donde la anécdota y el dicharacho hicieron enrosque con la más profunda reflexión.
—Son los hijos, muchas veces, la suma de sus padres. ¿Qué tomó de uno y del otro para formar su propia personalidad?
—De mi papá, la fortaleza de carácter. Tengo sus mismos arranques, los que mi madre fue dosificando con el tiempo porque nunca creyó en eso de que uno es como es. Dice que los defectos se pueden corregir con tiempo, paciencia y persistencia. Ella me dejó su dulzura y comprensión maternal, aunque, a decir verdad, creo que, por encima de ambos, yo soy el resultado de mi abuela. Una profesora de Español y Literatura que me enseñó a amar el arte y a leer, desde pequeña, a los clásicos. Murió cuando yo tenía 17 años, después de saber que  había logrado ingresar en el Instituto Superior de Arte. Y si supieras, fue un día negro para mí, pero he hecho de él un paréntesis. ¿Qué había allí en el funeral? Un cuerpo y nada más. Sin embargo, ella está siempre conmigo. Siempre.
—¿Era una niña de miedos por la noche?
—No, fui una persona muy segura de mí misma, muy decidida. Tanto es así que a los cuatro años ya sabía lo que quería ser. Solo que cuando no podía conseguir algo me tiraba en una cama y decía: “¡Me quiero morir!”
—Y se tiró a morir el día en que le dijeron que no tenía aptitudes para el baile.
—Sí.
—Los niños no tienen sentido del equilibrio, quizás por eso se marean tan fácilmente y las alturas o las velocidades les dan vértigo. Para ellos las cosas son buenas o malas, negras o blancas. No conocen de matices. ¿Pensó entonces en suicidarse?
—No de una forma expresa, aunque mis acciones lo denotaran. Recuerdo que llegué a mi casa después que sucedió eso, me acosté con la cabeza tapada y me dije: “No voy a comer más, no me levanto nunca más. Aquí se acabó todo.” Creo que sí, que era esa una manera infantil de suicidio.
“¡Imagínate lo preocupada que estaba mi familia! De ese día sí me acuerdo clarito. Todo el mundo se fue a la calle a hacer gestiones para que la niña lograra su sueño de ser bailarina.
“Así me llevaron al sicoballet a hacerme exámenes de conducta. List no podía estar bien de su cabecita. No era normal esa empecinada actitud en una niña de ocho años. Y luego de varias pruebas, la doctora Fariñas y Laura Alonso me sentaron frente a mi madre y le dijeron: ¢Señora, la única enfermedad que padece su hija es que, a su edad, tiene una vocación muy definida.¢

—Y Laura Alonso le salvó la vida cuando le dijo que, si usted se lo proponía, llegaría a bailar…
—Sí. Y a partir de ese momento es una persona que ha influido mucho en mi vida. Yo creo que gran parte de lo que soy se lo debo a la fortaleza y a la seguridad que siempre me dio.  Claro, soy también el resultado de muchas personas, de maestros excelentes, de una familia que me apoyó siempre en todo. Cuando llegaba a casa y me encerraba porque me habían dicho que era muy mala o muy flaca, ellos me ayudaban a reflexionar. “¿Hay algo que se resuelva con llanto? No. Si quieres enciérrate en el baño y empieza a llorar, y desahógate, pero después piensa en cómo vas a solucionar el problema”, me decían.
—¿Se sintió fea en algún momento?
—Si supieras, nunca me he sentido fea. No soy mujer que reúna los parámetros de curvas y carnes a los que aspira cualquier macho cubano. Yo sé que no soy bonita, pero sí interesante. O al menos a los ojos de quienes yo quiero que me vean así.
—Sé que usted ha sobrevivido a muchas guerritas y muchos traspiés en el camino, ha bailado siempre mirando al frente y por encima de las mezquindades humanas…
—Es como una especie de karma en mi vida, en que no puedo llegar a ningún lugar por la vía recta. Nada me ha sido fácil.  Pero creo que esto es algo inherente a todo artista. Revisa las biografías de los clásicos para que veas. Además, creo que de esa manera se disfruta más los éxitos que se obtienen.
“Y fíjate si es así, que nosotros hemos transitado a la inversa de la lógica de todas las compañías. La mayoría se crea y luego desarrolla un trabajo. Nosotros no. Surgimos por una necesidad propia de expresión artística y, al cabo de los nueve años, fue que obtuvimos el reconocimiento oficial. El día que me llamaron por primera vez Directora me eché a reír. Me daba gracia porque no me encontraba dentro de esa piel. Para el Ballet de Lizt Alfonso esos nombramientos solo han sido una manera de transitar.”
—En una presentación en Ciego de Ávila, a una de las muchachas de su compañía se le cayó la flor del pelo y usted la sancionó a no bailar en la próxima función. ¿No teme a que, como ha ocurrido con otras figuras de la danza, se le acuse de tirana implacable?
—Las cosas no son tan sencillas como parecen. En una de las últimas actuaciones tuvimos que reducir el tiempo entre un cambio y otro. A una de las bailarinas se le cayó la sayuela en la escena y yo no le dije nada en lo absoluto porque era evidente que había una causa justificada. Pero si tú tienes tres horas para colocarte una flor y luego se te cae por un problema de descuido hay que dar un escarmiento. En primera, es una falta de respeto al público que paga para recibir calidad y, después, a tus compañeras. Increíblemente, un detalle puede echarte a perder un espectáculo, puede desconcentrar al público durante toda la función.
“A veces he adoptado la medida de manera unilateral, otras colectiva, y otras no he sabido siquiera qué hacer. Me he echado a llorar entonces y he dicho: ¢En este momento solo le pido a Dios que me diga cuál es el camino que debo tomar y Él nunca me ha fallado.¢

—¿Tuvo usted formación religiosa?
—Sí, mi mamá y mi papá eran científicos cristianos. Y hoy, aunque no practico, me considero una persona religiosa.
—Las mujeres prefieren a los hombres como jefes. ¿Es difícil dirigir un colectivo femenino?
Dirigir a mujeres es dificilísimo. Pero a los hombres tampoco les gusta que los dirija una mujer. Hay mucho tabú todavía. Mas, por encima de toda complejidad humana, nos une un objetivo común. Puede ser que estemos en desacuerdo acerca de las vías para alcanzar algún propósito, sin embargo, todas luchamos por desarrollar un concepto danzario que nos distinga, por llegar a un punto común y eso nos salva.
—Conozco la historia de un fotógrafo que la llevó a Nueva York exclusivamente para hacerle una sesión de fotos.
—No, no fue un fotógrafo, sino nuestro agente de World Art. La agencia contrató a un maestro del lente y yo me fui con cuatro bailarinas a hacer el trabajo. Él hacía repetir un movimiento hasta lo indecible. Tomaba imágenes. Las revelaba y luego decía, “esto sí, aquello no. Vamos a repetir esta pose”.
 “En un momento dado yo me dije: ¢Voy a ayudar¢, y me vestí para posar. Tuvimos de inmediato, entre los dos, una química muy interesante y llegó un instante en que me dijo: ¢No me des más que me vas a matar.¢
Él quedó maravillado con nuestra energía y deseos de colaborar. Dice que había trabajado con muchos artistas que se autoproclamaban profesionales, pero que nunca había chocado con un profesionalismo tal.”
—Uno de los síndromes de la danza es la deformidad de los pies. ¿Qué es más difícil de enseñarle una bailarina a un hombre, los pies o los senos?
—Yo no tengo complejos. Soy como soy. Hay gente que me ha dicho: “Mira, tienes este dedo así o asao.” Y yo le he respondido: “¿Ah, sí?” Solo cuando era niña me preocupaba un poquito porque era narizona y me dijeron que me operara. ¿Pero arriesgarse a modificar algo que así funciona…? Tendrías que preguntarle a mis muchachas a ver qué te dicen.
—Muchas bailarinas sacrifican los hijos por la profesión. ¿Llegan a sustituirse por los alumnos? ¿Es su caso?
—Pienso que no. Como dice una amiga, lo único que uno tiene como propiedad indiscutible son los hijos… hasta que crecen. Lo que sucede es que se llega a querer a los alumnos como si fueran carne de tu carne y te metes tanto en la problemática de cada uno de ellos que quieres solucionarles la vida, y eso es imposible. Considero que las bailarinas deben tener, al menos, un hijo para su realización completa. A mí me ha cogido un poquito tarde, pero pienso recuperar el tiempo perdido.
—¿Nació maestra o considera que ese status es la solución salomónica para cualquier bailarina que pretende disimular que envejece?
—Nací coreógrafa. A los siete años comencé a proyectar mi primera coreografía y a los nueve la realicé. El magisterio es una experiencia fabulosa y pienso que nada tiene que ver con la edad. Yo empecé a los 23 años. Hay bailarinas que se hacen maestras cuando no pueden más, pero entonces lo hacen con frustración y resentimiento porque lo que quisieran es seguir bailando, y no por compartir y transmitir esa experiencia escénica que has conseguido y que puede acortarles el camino a otros.
“El maestro no puede guardarse nada para sí. Eso es absurdo. Dios te da para que tú des y siempre recibes cosas nuevas. En ocasiones, al terminar un espectáculo, alguien se me ha acercado y me comentado: ¢¡Te quedaste vacía! ¿Y ahora qué vas a hacer?¢
Y no saben que ya estoy soñando con el próximo montaje, porque el que comparte cosas buenas siempre recibe su pago. No hay nada más mágico que ver cómo tus alumnos mejoran y te mejoran, y te superan. Es un orgullo auténtico e inexplicable. Es como si te perpetuaras en ellos.”
—Dijo Quevedo: “La envidia anda flaca y amarilla porque muerde y no come.” ¿En el controvertido mundo artístico, se ha sentido Lizt  mordida alguna vez?
—El que siente envidia es quien se enferma, no uno. Lo malo es cuando ese terrible sentimiento se convierte en agresión. Pero si vas por buen camino y obras con justicia, ni siquiera te toca. El envidioso cava su tumba.
—Cito ahora a Miguel de Unamuno: “Solo el que sabe es libre. Y más libre, el que más sabe. Solo la cultura da libertad. No proclama la libertad de volar, sino da alas. No la de pensar, sino da pensamiento. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura.” ¿Cómo interpreta el momento tan especial que vive Cuba ahora?
—Durante años se perdió mucho tiempo y nos dimos cuenta de que no se hizo lo que se debió. Lo que pudo ser un proceso lógico de gatear primero, luego caminar y después correr, se ha tenido que violentar para ganar lo perdido. La voluntad que existe por desarrollar una cultura integral es buena, ahora falta por ver si los resultados que se obtengan se corresponden con esa voluntad. Y eso depende de la sensibilidad de quienes tienen la responsabilidad de guiar este proceso, porque muchas veces los seres humanos echamos a perder las buenas intenciones con nuestra mediocridad. El talento está donde menos puedas imaginarte. Solo es cuestión de tener vista para desenterrarlo y darle alas. Hay que tener un tino exquisito para guiar el desarrollo de lo que se está proponiendo en   política cultural, y luego ejercer algo que no abunda en nuestro país: el seguimiento a lo iniciado. El momento no es de acomodarse. Es de trabajar. Es la única manera, como escribió  Martí, de ser libres.

"Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos".

Eduardo Galeano

FRESA AGRIA

DIJO Antonio Machado una verdad del tamaño del mundo. “De cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Y es que la modernidad ha llegado al Planeta vestida de la violencia más absurda.
Y no hablo ya de los grandes actos terroristas que azotan la cordura humana. Me refiero a esas pequeñas actitudes cotidianas que, en lugar de convocarnos a la búsqueda común de respuestas a los problemas, también comunes, nos convierten en animales disparados, siempre, a dar coces.
La tradición establece, como uno de los siete pecados capitales, la soberbia; ese sentimiento que infla la autoestima, que busca atención y honor y se olvida de la hermosura de las faldas de quien solo es capaz de hacerle agachar la cabeza y que responde al nombre de Humildad.
Y es que, como bien escribiera, José María Escribá, el soberbio termina siempre por ser una marioneta vanidosa y sin cerebro.
No hay que andar mucho para encontrar a los soberbios. Lo mismo están detrás de un mostrador, que trepados a un escenario o mirándolo todo desde un cargo público que puede ser tan frágil como el mismo aire, y del cual, casi siempre, se descalabran por poner grandes distancias entre el lugar cimero donde se encuentran y quienes le colocaron allí.
Al respecto, ese maestro de la fábula que fue Esopo nos cuenta que de nuevo se habían hecho amigos el ingenuo asno y el león para salir de caza. Llegaron a una cueva donde se refugiaban unas cabras monteses y el león se quedó a guardar la salida, mientras el asno ingresaba a la cueva coceando y rebuznando, para hacer salir a las cabras.
Una vez terminada la acción, salió el asno de la cueva y le preguntó si no le había parecido excelente su actuación al haber luchado, con tanta bravura, para expulsar a las cabras.
— ¡Oh sí, soberbia — repuso el león—, que hasta yo mismo me hubiera asustado si no supiera de quien se trataba!
¿Qué quiere decirnos el fabulista con esto? Si te alabas a ti mismo acabarás siendo objeto de burla de los demás, sobre todo de aquellos que bien te conocen y saben que, como todo ser humano, estás tejido con virtudes y también con defectos.
En tiempos tan difíciles la humildad es un sentimiento que hay que cultivar a la luz del día. No aparece en los planes de producción de ninguna empresa. No está comprendido en la proyección de los organismos internacionales que buscan el bienestar común del mundo. Incluso, la familia, no se lo prevé dentro de sus necesidades más acuciantes. ¡Pero es tan necesario y hace tanto bien!
Los grandes personajes de la historia siempre lo han echado en su mochila o su morral a la hora de emprender una tarea humana. De ella han estado hechos los grandes hombres y mujeres de la humanidad; Gandhi, Luther King, Madre Teresa de Calcuta… Martí es nuestro mejor ejemplo.
¿Acaso la actitud de no violencia de Gandhi no era su mejor símbolo de humildad? ¿Y acaso la ternura, la modestia y el decoro no vienen casados con ella?
En tal sentido el Apóstol de Cuba, que quiso hacer un compendio de razones éticas en su poesía para que comulgara, a la vez, con su propio ideario, nos los demuestra en sus Versos Sencillos. No solo por el adjetivo que les pone sino por el modo en que construye este humilde podio poético. ¿Por qué la redondilla como vehículo? Por el sentido popular de la forma estrófica tan utilizada en toda la América de tu tiempo para cantar versos —de ahí su facilidad de ser entonados y memorizados hasta por los niños.
Y creo que en su figura está el paradigma de cómo debemos ser. Jamás olvidó que nació en una de las más humildes callejuelas habaneras como fruto de dos personas que eran dos simples ciudadanos de este país, e incluso, durante su estancia en Nueva York, mordido por la nostalgia de nuestro sol.
“Artes soy entre las artes/ y en los montes, montes soy…” Lección meridiana esta, en dos simples versos, que habla de la actitud del ser en circunstancias y escenarios distintos. Martí supo ser la idea suprema del análisis profundo, llámese social, cultural o político, en los grandes círculos intelectuales de nuestro continente. Pero, a su vez, supo ser también el humilde soldado que fue al frente de batalla, a sabiendas que en ello le iba la vida.
Decía Albert Camus, el escritor francés, que la estupidez insiste siempre. Pero contra ello es preciso, también desde la humildad, luchar. ¡Ah contradicción humana: los grandes siempre se sienten pequeños mientras los pequeños se creen grandes!
Todos conocemos la triste historia de Masicas. Y Pregunto: ¿Cuántas Masicas y Masicos no reconocemos a diario? El significado del nombre del ambicioso personaje, que nos regalara Martí en uno de sus más populares cuentos rescatados de la literatura universal, significa fresa agria.
Cada quien sabe lo que cultiva y se hace responsable de ello. Todos conocemos nuestras fresas agrias y las del patio del vecino. En tiempos tan difíciles hay que saber producir la dulzura de los buenos sentimientos para que crezcan buenas obras, si no queremos amanecer un día, como la ambiciosa mujercilla del leñador, tristemente muerta, cubierta solo de harapos y con el morral vacío por almohada.

Debemos arrojar a los oceanos del tiempo una botella de náufragos siderales, para que el universo sepa de nosotros lo que no han de contar las cucarachas que nos sobrevivirán: que aqui existió un mundo donde prevalació el sufrimiento y la injusticia, pero donde conocimos el amor y donde fuimos capaces de imaginar la felicidad.                                                                                                   Gabriel García Márquez

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IMAGINEMOS A LENNON

IMAGINEMOS A LENNON

Ahora Lennon parece reposar, pensativo, en su banco de un parque del Vedado. Nos encanta sentarnos a su lado. Regalarle flores sin saber si las prefería. Y hasta le hacemos guardia permanente para que nadie vuelva a robarle los espejuelos.

Sin embargo, no es un secreto que hablar del exbeatle en Cuba, en la década de los ’70, era asumir una posición iconoclasta y sospechosa. Llevar bajo el brazo una de aquellas copias metálicas y clandestinas de sus discos, casi portar una bomba lírica como le llaman algunos a sus canciones.

¿Acaso la rigidez política de una época? Quizás, pero también la reacción lógica de los status de entonces, llámense como se llamen, frente a tanto "desatino".

Lennon, para el mundo todo, no era un revolucionario. Era un revoltoso. Tuvo que morir a manos de un loco para que se le comprendiera y fuera asumido con patrimonio universal del alma humana. Aunque, quizás, haya sido víctima de un bien orquestado plan secreto que archiva su muerte en la misma bruma que dejó sin respuesta la última llamada telefónica de la platinada rubia de Hollywood. Con su canción Help!, de su disco homónimo de 1965 en el que aludía a su pérdida de independencia y al aumento de su inseguridad al ser tragado por la maquinaria de la fama, comulgaba con los fantasmas de la propia Marilyn.

Su primera "perversión" pública partió de una travesura juvenil. Orinó a unas monjas desde el tejado de una iglesia en Liverpool. Y, todavía, mucha gente se pregunta si solo trataba de ofender a las religiosas o de algo más profundo como el hecho de desafiar al poder eclesial. A lo cual se sumó, de manera escandalosa y controversial, años después, una declaración que fue casi otra atómica dejada caer sobre el Planeta, cuando declaró que eran ellos más famosos que el propio Jesucristo.

El articulista John Tomson afirma que hasta en su libro A spanner in the works, escrito por entonces, se manifiesta su sentido de ir en contra de las estructuras, llámense sociales o políticas. En él utiliza como título ese juego de palabras intraducibles, pero que tienen un significado semejante a la expresión hispana de "joderlo todo".

Según el propio crítico afirma, en su disco Some Times in New York City (1972), el artista establece su famosa declaración feminista donde expresa que "la mujer es el negro del mundo" refiriéndose a su discriminación doméstica y social, y pide que "pensemos en eso y hagamos algo".

Se suman sus desnudos fotográficos en afamadas revistas de la época, junto a su compañera Yoko Ono, armando un revuelo tal que sus ecos llegan, todavía, a nuestros días. ¿Era John una especie de striper provocativo, de exhibicionista sexual que pretendía mostrar su nada apetitoso cuerpo o se trataba de agredir, con tal actitud, a pruritos y falsas morales de la época?

Claro que también cae en posiciones extremas, según mi punto de vista, cuando en una de sus canciones hechas en contra del sistema carcelario incita a todos a liberar los presos y encarcelar a los jueces. Reacción que solo se puede entender si no se globaliza y se asume como su experiencia personal ante las políticas judiciales de la Inglaterra de su tiempo.

También está su obra Revolution que fuera malentendida y calificada de apolítica y conservadora, según el propio investigador Tomson, cuando lo que pretende es criticar a los grupos de la izquierda radical de entonces que veían solo en los procesos revolucionarios la capacidad de destruir los órdenes viejos, sin asumir, también el carácter constructivo de otros nuevos.

Su emblemática Imagine acaba de cumplir, el pasado jueves, 25 años de creada. Canción escrita en el año 1971 en un contexto mundial en que comenzaba a romperse lo que se ha dado en llamar el "consenso de la postguerra", es decir, el equilibrio de relaciones entre las burguesías imperialistas y sus propias clases obreras. El capitalismo asomaba, cada vez de manera más profunda, su incapacidad social. La hegemonía del poder norteamericano empezaba a ser quebrantada y la derrota de sus tropas en Viet Nam era casi una premonición.

De modo que si en canciones de corte político anteriores como I don’t want to be a soldier, Lennon se ponía piel de soldado para gritar "no quiero morir", en la antológica pieza existe, de manera implícita, la utopía actual de los revolucionarios de hoy, de que otro mundo es posible, cuando expresa: "imagínate a toda la gente/ compartiendo el mundo"; luego afirma: "Puedes decir que soy un soñador/ pero no soy el único"; y lanza una exhortación final: "espero que algún día te unas a nosotros/ y el mundo vivirá como uno".

Por ello, no pretendamos entender a Lennon. Quizás su estatua, en el parque del Vedado, sea un acto nuestro de exorcismo generacional, pero él no está ahí. Prefiero imaginarlo, susurrándome al oído la misma frase de Martin Luther King cuando, desde su I have a dream, nos convocara a un sueño común en que "no estaremos satisfechos hasta que la justicia no caiga como una catarata y el bien como un torrente".

Prefiero imaginarlo, cantándole al mismísimo Bush, frente a la Casa Blanca, aquellos versos de Give me some truth, que tan bien le vienen a esa caricatura de gobierno, a ese gobernante de atrezzo, cuando gritó, Lennon, desde lo más profundo de su alma: "Ya estoy harto de leer chorradas de políticos neuróticos, psicóticos y estúpidos,/ lo que quiero es la verdad,/ ahora."

"Porque me alienta el formidable orgullo
De vivir, ni envidioso ni envidiado,
Persiguiendo fantásticas visiones,
Mientras se arrastran otros por el fango
Para extraer un átomo de oro
Del fondo pestilente de un pantano".

                                            Julián del Casal

BALADA DE LAS DOS ABUELAS

BALADA DE LAS DOS ABUELAS

La muerte me las quitó antes de tiempo. Apenas guardo el contorno de mis abuelas. Quizás una arrugada mano alisando mi pelo o la caricia de unas torrejas ahogadas en almíbar. Ambas se "fueron" sin siquiera dejarme el sabor de una huella.

Quizás por eso en mis artículos, y me confieso, les haya citado en algún momento, más que por pura mentira por imaginar, y creerme, lo que siempre dicen las abuelas. Esa atinada frase en el instante preciso que no es otra cosa que un compendio de sabiduría que se regala con el mayor amor del mundo.

Siempre crecí con ese agujero. Mi corazón se hizo hombre con esas dos ventanitas de luz cerradas. Quizás por ello condeno tanto a quienes, todavía, les tienen como dulces esclavas y no aquilatan sus desvelos, cual simple comadrita, ya sin balancines, que una vez sirvió de cuna. Y envidio, dulcemente, a aquellos que les llenan de mimos, a sabiendas de que la vida les ha premiado con ese regalo lleno de canas que lo perdona todo, que lo admite todo, que es la sabia de lo sabio alimentándonos siempre para que no "pequemos" con sus propios yerros.

Pienso, a pesar del respeto por ese poeta que es nuestro Nicolás, que también él sucumbió, sin darse cuenta, al acendrado machismo histórico que nos sofoca a la hora de pintar nuestros orígenes, en ese galeón poético que es su Balada de los dos abuelos.

¡Qué humano, que justo y qué hermoso hubiera sido escuchar en el rumor del caracol de sus versos!: Sombras que solo yo veo,/ me escoltan mis dos abuelas… Creo que el poema de Guillén, lejos de todo evidente sentido patriarcal, hubiese sido más humano y transparente, en tanto, a la sangrante herida le hubiese colocado azahar en ese intento por reflejar dos antagónicos mundos que dieron vida a nuestra estirpe.

¿Acaso nuestra misma Mariana no dejó la impronta del coraje y el amor desmedido cuando envió sus hijos a la manigua? Quizás algunos piensen, todavía, de que primó más la esencia patriótica que la materna. Sin embargo, ningún libro de historia sería capaz de recoger ese dolor agónico, solo sufrido por ella, en que el rayo de una decisión profunda iluminó la oscuridad de nuestras palmas.

Hoy he llorado ante mi computadora. Y esto no es una metáfora. La noticia, por reiterativa, me ha devuelto la agonía de Ulises escuchando las engañosas voces que le llegaban desde las costas de Ítaca, con una nota diferente de angustia; una anciana de 75 años descansa en la morgue de Miami al fallecer víctima de otro supuesto acto de contrabando humano entre las costas de La Florida y Cuba.

Y me atrevo a fabular en voz alta y a preguntarme: ¿Sería por decisión propia o habrá sido engañada en un paseo hacia la muerte? ¿Iría, como cordero al sacrificio, consciente de que la familia es ese primer olor Patria, donde el jazmín de la fidelidad lo marca todo?

Nunca olvido una de mis más conmovedoras experiencias al paso por Miami. Una amiga, que tenía un Home como negocio, es decir, una casa para ancianos, me dio cobija. Una viejita de Alacranes, al saber que regresaba yo a Cuba, me rogó encarecidamente que me la trajera de vuelta, que extrañaba increíblemente su varentierra y sus vecinas, su Galán de Noche repugnándola de aroma y su perro Canelo, en franca bronca siempre con Melchora, su astuta gata, que, seguramente, penaba ahora, maullando por los tejados, ante su ausencia.

La angustiada mujer me vigilaba cada día. Se asomaba al cuarto a ver si mi equipaje estaba, porque había decidido "fugarse" conmigo como en una de las trágicas escenas de Lorca. Y hasta sé que me habrá maldecido la mañana en que sus apagados ojos encontraron solo el vacío espacio donde descansaba mi maleta.

De entonces a acá he vivido con ese dolor a cuestas como la misma ausencia temprana de mis abuelas, removida ahora en la noticia de esta otra mujer que sí ha sido pasto de una política tuburonera de falso humanismo y libertad.

Me la imagino en medio de la oscura travesía. Quizás enjugando una lágrima para no mostrar su pena o ese desvarío que sufren los ancianos cuando el escenario de sus mejores batallas por la vida es borrado de un plumazo.

¿Qué nostalgias viajarían el encrespado mar de sus recuerdos, mientras la turba de escualos perseguía la propela en otra Crónica de una muerte anunciada? ¿Acaso en la rabona que dejó empollando? ¿O en quién regaría sus matas de Nomeolvides? ¿En los huesos del abuelo reposados en la tierra que les diera alas a sus amores?

Nadie lo sabe. Quizá los ojos de esta abuela, en su último momento de lucidez, hayan revivido, en silencio, los versos de John Milton, el poeta inglés, cuando en su poema El paraíso perdido, expresara: "Aquellas llamas no desprendían luz alguna; pero las tinieblas visibles servían tan solo para descubrir cuadros de horror, regiones de pesares, oscuridad dolorosa, en donde la paz y el reposo no pueden habitar jamás, en donde no penetra ni aun la esperanza."

LA SEGUNDA AVERÍA

    Esta vez Exupéry no cayó en el Sahara. Manthattan, siendo una isla, le pareció más desierto. Sus taxis amarillos eran balas trazadoras haciéndole rallas a la noche. Sus habitantes, fantasmas. Broadway el delirio de la fiebre. Se sentía terriblemente solo. Al amanecer, tendido sobre aquel duro banco del metro, sintió una vocecita que volvía a decirle: —Por favor…¡dibújame una oveja!

 

ADRIANA, LA NOVIA QUE ESPERA

ADRIANA, LA NOVIA QUE ESPERA

Mi amado es para mí un manojito de mirra,
Que reposa entre mis pechos.”
Cantares 1:13
ADRIANA no es uno de esos trágicos personajes de Lorca que pierde la vista en el camino, bajo la luna cómplice, sin la esperanza del regreso de su amado.
Adriana Pérez O’Connor es la mujer de Gerardo Hernández, uno de los cinco cubanos presos, de manera injusta, en cárceles norteamericanas por haber querido ser, desde las sombras, vigía contra quienes pretenden, desde allá, ahogar nuestras palmas.
Adriana, como la gacela, sueña el salto al reencuentro con su amor con misma pasión  de la amada de los Cantares. Porque, por boca del propio Rabindranath Tagore, ella, desde lo más profundo de su corazón, también afirma: “Amor, cuando vienes trayendo en la mano la encendida antorcha del dolor, puedo verte el rostro y comprendo que eres la felicidad.”
La tarde en que conversamos no era Adriana una muñeca rota, sino el azahar que, asomado a la ventana, goza la premonición divina del toque de un rayo de sol.
“Gerardo no lo sabe, pero yo me he encerrado por horas en el baño para acercarme a su agonía. He querido imaginar esos siete años de cárcel después que uno conoce que han estado confinados a esas celdas de castigo —dice, mientras María Teresa Vera le sitia la mirada y canta desde su alma herida “La luz que en tus ojos arde…”
“Uno ve las películas. Uno lee libros, pero eso no es ni remotamente un acercamiento a su realidad. He intentado hacerlo no para probar la voluntad de esos héroes, sino su capacidad humana…”
—A sabiendas de que en el momento que lo desees puedes abrir la puerta del baño y salir.
“Exacto. Y es ahí donde entra a jugar el factor sicológico. Se trata solo de una aproximación, pero, en verdad, nunca llegas a saber la magnitud del hecho. Ese es uno de los grandes méritos de los cinco. En que no exteriorizan nunca una queja. Para ellos la clave es poner mente y corazón en función de que van a ser liberados, que solo es una situación transitoria y hay que aprender a convivir con los mínimos daños de la soledad, la celda de castigo, las elementales ausencias de la separación, de ver crecer los hijos sin estar presentes o, como en el caso de Gerardo y yo y de Fernando y Rosa Aurora, de no poder tenerlos. Muchas personas, de manera solidaria, se acercan abrazarme y tratan de comprender mi pena, pero no saben, realmente, lo que es estar sola y acostarte sin él. Imaginarlo es algo bien diferente a vivirlo en carne propia.”
—Entonces, ¿a qué ángeles queda prendida Adriana cada noche, al cerrar su puerta sobre el precipicio de la soledad?
“A la imagen de Gerardo. Al sueño de tenerlo conmigo y al futuro que preparamos todos los días. Con esa añoranza, con ese deseo, con esa voluntad me salvo. Sobre todo con el amor que seguimos transmitiéndonos y se sigue guardando, como el vino que se añeja, para el momento exacto en que podamos beberlo juntos, con toda intensidad.
“Aunque no hay comunicación física tenemos una interacción increíble. Cada uno sabe lo que el otro está pensando. Nuestras cartas se cruzan con respuestas aún cuando no hayan llegado antes las preguntas. Y el secreto de esta empatía está en la manera con que hemos construido estos 19 años de una relación basada en el más absoluto respeto, en las veces en que uno cede frente al deseo del otro, no por imposición sino por el gusto de complacer, respetando siempre la identidad de cada cual.
“Yo digo que él es mucho más cariñoso que yo. Me expresa el amor con gestos, con caricias, con mimos. Yo lo hago con un detalle, una mesa bien servida o una toalla con olor a hervidura. Son diferentes formas de entregarnos. Pero siempre le doy gracias por ser el jardinero perfecto de mi jardín. Mi única misión es devolverle su propio abono, enriquecido cada día con toda mi fortaleza y toda mi fidelidad.
“Gerardo me dice a cada rato: Mi amor, qué tú has hecho para que yo me rinda a tus pies. Y siempre le respondo: Lo mismo que hiciste tú para rendirme a los tuyos.”
—¿Es de cartón esa sonrisa que sostienes, todo el tiempo, ante las cámaras y los fotógrafos?
“Es el resultado de algo más profundo. Es el resultado del derecho a reir, a seguir viviendo; del derecho a mantener el optimismo frente a quienes, desde la otra orilla, quieren humillarte. Sonrío porque a Gerardo le fascina mi sonrisa y yo la disfruto. No hay necesidad de expresar a toda hora el dolor que llevas dentro. Hay penas íntimas que yo me doy el derecho, todavía, a seguir guardando aunque haya que abrir su corazón en esta campaña por traerlos de nuevo a la Patria. Se puede llorar en público o a solas, pero no puedes permitir que nadie te arranque la esperanza.”
—Eres una mujer hermosa e inteligente. ¿No te ha confesado Gerardo si en algún momento ha temido perderte en esta carrera contra el tiempo?
“Gerardo vive seguro de mi amor y de mi fidelidad. Siempre hemos dicho que nuestra relación no es un pacto de compromiso, de lealtad obligada, incluso ni político. Es, sencillamente, un pacto de amor y si algún día fallara, estoy convencida de que seguiríamos amándonos en silencio aunque tuviéramos, cada uno, que tomar caminos diferentes. Pero te aseguro eso no va a suceder y nunca hemos pensado esa posibilidad. Al contrario, cuando todos los días planificamos el futuro es porque  existen bases sólidas que nada ni nadie podrán destruir.
“Yo vivo enamorada, como nunca, del hombre que amo, del hombre que elegí, del que ha madurado mucho más desde el punto de vista humano, sicológico y profesional. Pero, sobre todo, político. Y es que juntos hemos construido valores nuevos y sostenemos aquellos que aprendimos de nuestra sociedad. Lo que hoy hago por la liberación de Gerardo y sus compañeros haya su mejor raíz en ese amor que nos juramos un día y que no va a claudicar.”
—Adriana, ¿domada por la soledad?
“Resulta paradójico. Son pocos los momentos en que me he sentido sola. Yo no te puedo decir, exactamente, que he estado sola. Para mí Gerardo está presente en todo. Y cuando me preguntan digo que está lejos, pero no ausente. Él me ha enseñado a vivir cada día como si fuera el último.
“Y es cierta su presencia diaria a través de una carta, una postal, una llamada telefónica, un detalle en la casa. Hay lugares a los cuales yo he prometido no volver si no es con él, porque en ellos vivimos momentos muy lindos o experiencias únicas o, así de simple, porque forman parte de nuestra vida natural de aquellos años y de aquella época y, por lo tanto, nos pertenecen a los dos.
“Pero te mentiría si no te digo que es como un agujero eso de no sentir su pecho contra mi espalda en las noches, de no poder compartir un libro o una película, incluso de discrepar en algún tema o hablar de algo tan simple y trivial como escoger la ropa que nos vamos a poner al otro día. Sabes que preparas una comida que él no va a disfrutar y te preguntas para qué cocinar, o preparas el flan que sabes que tanto le gusta y eso no es fácil…”
—Incluso, creo yo, que debe sofocarte cierto desgano a la hora de vestirte…
“Eso me ha pasado muchísimo. Sobre todo cuando, como decimos, el gorrión se te posa en el hombro. Y a veces es más fácil acostumbrarnos a él que espantarlo. Te levantas y te dices: Me queda un día completo por enfrentar y cómo lo voy a hacer. Pero hasta para estas situaciones Gerardo me ha dado estrategias: Párate frente al espejo. Date un par de galletas. Sonríe. Arréglate como si fueras a encontrarte conmigo y siéntete alegre. Son los momentos en que necesitas más de los amigos y, por suerte, los tienes a mano.
“Hace poco me envió una postal preciosa, hecha por él, llena de muchos corazones, muchos colores y muchos mensajitos escritos de su puño. Me llamó y me dijo que  era su amuleto de la suerte, de la alegría y del amor. Y yo lo creo así porque a veces, cuando me deprimo, ese pedazo de cartón me saca, otra vez, a la superficie. En nuestras llamadas yo nunca le digo que lo extraño porque entonces me echo a llorar…”
—Hablemos de algo más alegre. En su libro El amor y el humor todo lo pueden, Gerardo te llama “mi bonsái”. ¿Esa expresión de cariño ha sido parto de la lejanía?
“Esa expresión data de los años ’90. Él conoce la técnica de esos árboles milenarios en Angola y luego hasta hace uno. Un amigo suyo, casi un hermano que murió en un accidente en México, le dijo a Gerardo que yo era su bonsái y así quedó; aunque, según me afirma, soy muchas cosas para él. A veces me dice: ¿Cómo llamarte? ¿Mi Reina? ¿Mi Princesa? Pero no tienes corona ni sangre real. Tampoco mi niña porque no eres una niña. Ni mi esposa porque afirmas que no se cumplen, en nuestro caso, los parámetros lógicos de una unión… Entonces me río como a él le gusta y a veces hasta me canta canciones por teléfono, parodias para alegrarme la vida, y acaba por decirme: No hay otra definición. ¡Tú eres mi novia eterna!”
—¿Alguna canción en especial que te lo recuerde?
“Soy muy mala recordando letras. Durante el tiempo en que no se sabía de los héroes y no había comunicación, ni cartas, ni nada, una canción de Marco Antonio Solís me hacía un mar de lágrimas. Pero, en especial, están Te extraño, cantada por Luis Miguel, o Novia mía, de Manzanero. Cuando la vida era normal yo perseguía los conciertos de Pablo y Silvio, pero después no pude escuchar más sus canciones porque me lo recordaban y me hacían daño. Hoy he podido volver a sus presentaciones. Es un gustazo que me doy, por mí y por Gerardo, pero siempre acabo llorando.
“En el momento del amañado juicio en Miami, desde la propia sala del juzgado, él me escribe un fragmento de Yolanda, de Pablo. La canción Amada, de Silvio, me la dedica escribiendo su letra sobre un pedazo de cartón que dejó colgado en mi ventana, la primera vez que se fue a cumplir su misión, pidiéndome que la guardara y allí está desde entonces. Después, mientras están en el Centro de Detención de Crome esperando el proceso judicial, se la canta al resto y, a partir de entonces, se convierte en el himno de los héroes y de nosotras, sus esposas.”
—Una pregunta difícil, pero necesaria. ¿Han soñado el hijo que les arranca, por el momento, la decisión de una condena que se ha comprobado ilegal e injusta dentro de las leyes del poder judicial?
“Jaraneamos muchísimo con eso, pero preferimos dejarlo a la realización de ese sueño postergado porque tenemos los pies bien puestos en la tierra. No sabemos el tiempo que esta situación se pueda dilatar todavía y lo hemos dicho; si no podemos tener el hijo amado nuestra relación no va a cambiar porque nos pertenecemos el uno al otro de manera absoluta. Él dice que yo soy su niñita y él mi niño.
“Creo que aunque tuviésemos una docena de hijos no podría vivir sin ser mimada y consentida por él, como tampoco él por mi. Yo disfrutaba mucho cuando me cargaba y me mecía en un sillón. Una vez llegó a la casa con un bombón aplastado en el bolsillo, que se lo habían dado en una actividad y me lo había guardado. ..Son muchos los pequeños detalles que, como dice la canción, han hecho grande y profundo este amor.”
—¿Cómo imaginas el abrazo íntimo que se darán, más temprano que tarde, cuando regrese libre a casa?
“Todas las noches me desvelo. Duermo muy mal. No logro conciliar el sueño y me pongo a pensar en eso. En la forma en que dormíamos los dos. Él con sus piernas largas y yo, un recortico de mujer como soy a su lado. A veces le empujaba hasta casi tumbarlo de la cama. Otras me abrazaba tan fuertemente que casi me quitaba el aire. Teníamos que usar dos ventiladores porque el que me daba a mí en la cara le llegaba solo al pecho. ¡Ah, y sábanas independientes porque si no uno de los dos siempre quedaba descubierto! Nos pasábamos la noche protegiéndonos.
“Yo extraño todo eso. Cuando me despierto me falta su abrazo y es doble la noche. Sueño que lo tengo en mis brazos y a Gerardo le pasa lo mismo. Dice que su sueño de cárcel también es poder volver a despertarse dándome un beso y confiesa: Me arrepiento de las veces en que me dormí primero y no te pude contemplar totalmente. Y esas son las profundas heridas que sientes, cuando abres o cierras los ojos, esperando siempre su regreso.”

“YO VESTÍ A JORGE NEGRETE”

“YO VESTÍ A JORGE NEGRETE”

·        A Razón de sus ochenta años, el fotógrafo cubano Raúl Corrales afirma haber sido ballet del divo mexicano antes de dedicarse a colocar su corazón en el lente
“Tenía yo amistad con la famosa Blanquita Amaro y su esposo Osvaldo Villegas, quien se encargó de la visita de Jorge Negrete a Cuba en el año 1944, invitado por Radio Cadena Azul.
“Villegas me pide entonces que le sirva a Negrete de ballet y yo acepto. Cuando me presentan al cantante mexicano él no pone objeción y, a partir de ahí, no solo fui el encargado de su vestuario, sino también su confidente y amigo.”
Eso me confesó hace unos años, uno de los más grandes de la fotografía cubana, mientras le hacía una entrevista de rutina y él no era, entonces, el asediado personaje de estos homenajes a todo lo largo y ancho del país por su cumpleaños 80.
De manera que, de inmediato y ante el hallazgo de una historia insólita, tiré a un lado el cuestionario, y enfoqué mi lente hacia esa otra anécdota que defocaba, en alguna medida, su imagen de arriesgado fotoreportero que participó, incluso, como corresponsal de guerra durante la invasión mercenaria a Bahía de Cochinos, conocida como la Batalla de Playa Girón.
Su acostumbrado aire taciturno se desperezó y dio paso a un diálogo donde llegó a ripostarme: “Ven acá, chico, ¿esta es una entrevista a Jorge o a mi?”
“Era un tipo muy elegante y muy macho. Pero no un hombre bonitillo, sino de carácter, de conflexión fuerte y de voz muy atrayente, como se ve en sus películas. Por eso fue tan asediado por las mujeres. La ropa de mariachi solo la usaba en el escenario y era muy selectivo a la hora de escoger un traje.
“Recuerdo que en esos años pasó un ciclón por Cuba y Jorge, que estaba en Puerto Rico, al enterarse de la tragedia tomó un avión y vino para acá. Enseguida programó unos conciertos benéficos y, en esa ocasión, su club cubano de fans le regaló un traje que, en lugar de un águila mexicana en la espalda, tenía el escudo cubano bordado en hilo de plata. Al él le encantó y se lo puso al instante.”
—¿Tipo caprichoso para el vestir, difícil de complacer?
“No. Solo había que conocer sus gustos. Él salía del baño y ya yo le tenía la ropa lista. Yo conocía muy bien las combinaciones de colores que más le gustaban y eso facilitaba mi labor.”
—¿Tenía preferencia por algún color?
“Le fascinaban las corbatas rojas.”
Toda abuela cubana suspiró, más de una vez, por Jorge Negrete. Y más de una soñó estar en sus brazos. Se cuenta muchas historias, unas ciertas y otras falsas. Las más osadas hablan de secuestros callejeros y portañuelas rotas…
“Era un hombre terriblemente asediado por las mujeres. Muchas veces le serví de correo amoroso. Tú no puedes imaginarte, por un momento, lo popular que fue. La primera vez que vino se hospedó en el Nacional —que después nunca más quiso porque un hermano suyo cogió pulmonía en ese hotel—. Desde allí, por todo Malecón hasta el hoy Gran Teatro de La Habana, entonces Teatro Nacional, hubo filas interminables de mujeres que, a su paso, le gritaban piropos y le tiraban flores.
“Después, en uno de sus viajes,  salió en auto del hotel Sevilla —donde luego se hospedó siempre— y me pidió caminar unas cuadras antes de llegar al teatro. ¡Imagínate la calle de San Rafael llena de mujeres que andaban de compras! No dio ni diez pasos. Lo identificaron al instante y aquello fue pólvora. Tuvo que echar, como se dice, un patín con una turba femenina detrás. Lo que le salvó fue que la puerta trasera del teatro estaba abierta. ¡Si no…!”
—¿Romántico?
“¿Quién no lo iba a ser con una mujer tan hermosa como Gloria Marín? Por cierto, era tan celos que, en el momento menos pensado, retomaba un avión y se le aparecía en la misma puerta de la habitación del hotel y le preguntaba: ¿Con quién estás ahí dentro?”
—¿Eso le gustaba lo le molestaba a Negrete?
“¡Le ponía el hígado a la vinagreta, pero, imagínate, él era un peligro permanente para cualquier mujer…!”
—¿Pesado, engreído?
“No, jodedor. Él tuvo instrucción militar. Pasó una academia durante la Segunda Guerra mundial y fue capitán del ejército mexicano. Durante uno de los pases que le daban, él y un amigo, se encontraron, en plena ciudad, a una muchacha hermosísima y comenzaron a seguirla. Y resulta que era una ‘gata’, como se le llama en México a las domésticas, que trabajaba en casa de un profesor de música.
“Al ellos irrumpir en la sala, sin más ni más, les salió el profesor y preguntó qué buscaban. Inmediatamente, para disimular, dijeron que querían probarse la voz. El hombre comenzó a hacerles ejercicios vocales y, al final, dijo: Usted no sirve para el canto —defiriéndose a su amigo y, luego, miró a Jorge—. Pero usted puede llegar a ser un gran cantante si se lo propone. Y así le descubrieron por puro azar.”
—¿Qué hacía el galán al salir del teatro?
“Él había estado en Cuba antes de ser famoso porque trabajó en nueva York con Eliseo Grenet y este le embulló a que conociera la Isla. Por esa razón, al terminar cada función, frecuentaba aquellos lugares de la primera vez; bares, cabarets, pequeños restaurantes, pero siempre bien tarde en la noche para no ser reconocido y gozar de cierta intimidad.”
—Dijo usted que luego del incidente con su hermano nunca más se hospedó en el Hotel Nacional. ¿Superticioso?
“¡Uf! Antes de salir a escena meditaba mucho en su camerino y luego se persignaba. Llevaba siempre consigo una bolsita de medallas donde convivían la imagen de la Virgen del Carmen, la de la Caridad, la de Guadalupe… y jamás la soltaba.
“Recuerdo una vez en que la dejó olvidada yéndose a España. Me telefoneó de inmediato y pidió: Corrales, búscala debajo de la tierra y envíamela urgente que sin ella no puedo cantar. Corrí entonces a la carpeta del hotel Sevilla y allí estaba en un pantalón olvidado. Fui entonces al aeropuerto y se la di a un capitán de una aeronave que volaba a Madrid. Para el hombre fue un honor llevar el encargo y me imagino de Jorge debió recompensarle muy bien porque era un hombre muy generoso. Luego volvió a llamar y me dijo: Corrales, ¡ya estoy entero! ¡Tengo en mis manos la bolsa!
—Además de su criado dice usted haber sido su amigo. ¿Hubo alguna vez momentos tensos? ¿De discusión?
“Nuestra relación era muy profunda. Tanto que, en ocasiones, me pedía consejos y al legar al camerino siempre me entregaba, en un pañuelo envueltas, sus joyas y su billetera que yo guardaba hasta finalizar la función.
“Pero una noche, al yo entregarle sus pertenencias, me dice: Aquí falta el anillo de brillante. Se me unió el cielo con la tierra como se dice. Ahí está lo que usted me dio, le respondí. Y Jorge volvió a acusarme: ¿Dónde lo metiste? Rojo como la grana, acusado de ladrón, le riposté: Yo no tengo necesidad de eso. ¿Por qué había de hacerlo ahora? Y se entabló una discusión muy fea.
“Villegas, que estaba presente y sabía de sus despistes, corrió al hotel y lo encontró en el lavabo de su habitación. Se lo entregó y Jorge, lleno de vergüenza, me abrazó. Ese incidente nos hizo más amigos y nunca más desconfió de mí.”
—¿Y nunca le propuso irse con él?
“¡Bah! ¡Montón de veces! Quería que le acompañara en todas sus presentaciones. Tal vez yo era su otro amuleto. Quiso llevarme a vivir a España, a México para que yo estudiara. Pero yo era menor de edad, tenía solo 16 años, y mi madre se negó.”
—¿Y no existe ninguna foto de usted con él?
“En aquel tiempo yo ni soñaba con ser fotógrafo. Mi trabajo era en la oscuridad del camerino, entre bambalinas. ¡Si llego a tener conciencia de su valor claro que me retrato!”
—Entonces tengo que creerle a usted por lo que me cuenta, le pregunté socarrón y achicando los ojos me quiso fulminar con su mirada.

LA DIFERENCIA

La diferencia entre postmodernidad y eternidad está en que la primera es mierda.

LAS FLORES QUE NO SE VENDEN

LAS FLORES QUE NO SE VENDEN

AQUELLA mujer no era una simple merolica. Parada en la esquina de la shoping miraba para todas partes mientras ofrecía su producto. Más bien parecía un ama de casa escapada de su aburrido reinado de ollas y calderos.
¿A cómo son?, pregunté mirando las hermosas orquídeas que reposaban en su caja. A Peso, respondió. Y yo, mordido muchas veces por esa picaresca de vendedores callejeros que convierten, a ex profeso, en eufemismo la divisa al hablar de la moneda nacional, rectifiqué: ¿A dólar? A lo que la mujer negó con la cabeza.
Le solicité entonces que me aguantara una jaba que yo traía mientras escogía las flores. Y cuando le pedí que me devolviera la bolsa para pagarle, con ojos desconfiados, se negó y me dijo: Primero, págueme. Yo la miré sin entender y ella reafirmó lo que comenzaba a sospechar: Hasta que usted no me de el dinero no se la entrego.
Aquel acto me transmutó en el mitológico dragón de las siete cabezas. Comencé a ponerme rojo de la vergüenza y eché fuego por la lengua. Le dije que se había equivocado de personaje y, devolviendo las flores al cajón, tomé mi jaba y, ofendido, me marché.
Confieso que tuve que sentarme en el parque a coger aire. No había otra lectura. La mujer me había visto cara de ladrón. ¡Y ladrón de flores nada menos!
Pero como era 31 de diciembre me dije que alguna explicación lógica tenía que haber tras aquella extraña actitud. Pensé entonces: ¡Qué necesidad habrá tenido la señora que, en lugar de estar preparando el mojo para el puerco de fin de año, estaba allí, asustada como un curiel, ofreciendo, estoy casi seguro que con dolor, el fruto de su mata más querida, a un precio risible que confirmaba mi tesis de que no era de esas despiadadas vendedoras que pululan por ahí!
Tal vez era el resultado de las veces que la pobre había sido timada por esos Yarinis callejeros, o a saber las historias que le hicieron sobre las trifulcas y las triquimañas, que, unos a otros, se hacen por robarse el cliente.
Acabé por aceptar que el culpable había sido yo. Decididamente, esa mañana, al pararme frente al espejo de mi cuarto, no había escogido mi mejor cara para salir a la calle.
Tomé así una decisión. Regresar a aquella esquina, comprarle todas las orquídeas y, luego, regalárselas para que regresara a su casa y las pusiera en un búcaro como buen augurio para el nuevo año. Sin embargo, cuando llegué, ya ella no estaba. O las había vendido todas o, asustada, por mi desplante, regresó, como una exhalación, a su humilde reinado.
Y, ahora, que comenzamos una vida nueva, porque cada almanaque es como si volviéramos a nacer, decidí contar esta historia que puede ser un aldabonazo contra actitudes que laceren o marchiten esa fraternidad que, como buenos cubanos, siempre nos ha distinguido. Nada en el mundo puede hacernos cambiar porque el valor de la moneda, en las bolsas, varía constantemente, pero un buen corazón no tiene precio.
Con razón decía Sófocles, desde los antiguos tiempos griegos, que el que es bueno en familia, es también buen ciudadano. De ahí mis votos porque el nuevo año sea una convocatoria íntima a fortalecer los sentimientos más nobles en el seno familiar, de manera que, luego, ellos irradien, desde nuestras actitudes sociales, y toquen a otras personas, y pongan luz donde haya oscuridad, y pongan el abrazo donde reine el desamor.
Todos tenemos que proponernos ser mejores ciudadanos. La SOLIDARIDAD tiene que volver a encendernos como faroles festivos que, en guirnalda sobre nuestra querida Isla, nos conviertan en un trasatlántico de lujo.
No ese lujo fatuo que rutila desde una cadena del golfield, desde un auto de turismo o un diente de oro. Sino ese otro auténtico fulgor que nace de la modestia y la humildad como únicas prendas, las que adornaron, antaño, a nuestros bohíos y a nuestras abuelas cuando regaban sus matas, mientras las frágiles alas lilas de sus orquídeas revoloteaban, desde el verde, para decirnos que el perfume del amor propio no se vende.

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