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Cuenta Eduardo Galeano: «La palabra y el acto no se habían encontrado nunca. Cuando la palabra decía no, el acto decía sí. Cuando la palabra decía más o menos, el acto hacía menos o más. Un día, la palabra y el acto se cruzaron en la calle. Como no se conocían, no se reconocieron. Como no se reconocieron, no se saludaron».
Mi primera profesión, al desmovilizarme del Servicio Militar, fue la de Normador del Trabajo. Tomé esa especialidad técnica cual opción más atractiva ante los únicos ofrecimientos laborales que recibí entonces: convertirme en obrero agrícola o en auxiliar de producción de la construcción, que traducido era algo así como un «alcanza-bloques» o un «mueve-mezcla».
Con la primera clase se abrió ante mis ojos un subyugante mundo casi de ciencia ficción. Mi tarea era como la de un fotógrafo científico. Realizar «fotografías» de cada puesto laboral, lo que a través de cálculos matemáticos, permitía conseguir que el trabajador fuera más eficiente y productivo a partir de la garantía de condiciones materiales adecuadas y de un diseño estructural que facilitara su faena... En teoría todo era perfecto.
Al mes de haber sido ubicado en la Empresa Porcina comencé a sufrir lo que un colega mío diagnosticó como «alucinaciones del desperfecto socialista» y me sentí como un mecánico de estaciones satelitales en una región donde apenas volaban aviones de la Segunda Guerra Mundial destinados a la fumigación.
Los obreros no tenían botas o el camión–tolva, donde se trasladaban los residuales de alimentos para alimentar los cerdos, carecía de gomas, y no era justo establecer una normativa que exigiera, al final, una productividad virtual en tanto los mínimos requerimientos no estaban garantizados.
Después de muchos años, pago a precio de oro por cada compañero de estudios que quede, intacto, en tan infructífera labor; a no ser que haya optado por el suicidio silencioso de transmutarse en un llena modelos, tras un acomodadizo buró, lejos de la utopía soñada sobre el pupitre por conseguir un país eficiente en su producción.
Uso este trozo de vida para hacer reflexionar sobre un asunto que atañe a todos ahora, y a algunos, obreros y funcionarios, asusta. La próxima implantación del tan discutido Reglamento Disciplinario Interno, aprobado en el más reciente congreso sindical, requerirá, como escribiera Neruda en uno de sus poemas, de la voluntad de voltear la mesa cuando se está infeliz en el trabajo y cuando «no se arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño». De lo contrario, el documento será pasto de la fugaz consigna que abortaría, una vez más, el nuevo aire que requiere el pecho del país para respirar de manera más limpia.
Claro que el empeño necesita de un elemento sustancial, no circunstancial como lo asumen algunos cuadros: la ejemplaridad. Habrá entonces que suprimir de los diccionarios laborales la acuñada frase de que «Cuando el gato no está en casa, los ratones...»
Así, algunas secretarias tendrán que renunciar a su obligado papel de cómplices cuando, ante un proceso tecnológico parado que requiere de una decisión urgente, reiteran la frase, descreída ya por el abuso, de que «el compañero director está para una reunión fuera». Expresión que sirve, a veces, de «madriguera oficial» a los irresponsables que no asumen su misión de ser cabeza y corazón de la Patria.
¿A qué debe temer el trabajador honrado que cumple con lo estatuido porque ama y se siente parte de lo que hace y logra? ¿A qué ha de temer el cuadro honrado que sostiene el pie en el estribo martiano y fidelista de la austeridad y la autoridad, con conciencia aglutinadora, y lejos de toda pose y mentalidad de reminiscencias feudales?
La aplicación de este reglamento, más que una medida coercitiva ha de convertirse en instrumento político de recapacitación social en la eficiencia con la que soñó el Che.
Es necesario, desde el comienzo, evitar la distorsión en el cristal de su aplicación para que la conciencia obrera logre, de verdad, navegar por vocación de esta Isla hacia ese otro mundo que proclamamos posible. Sería la mejor manera de añejar el milagro de nuestra economía porque, como también escribiera el poeta chileno «Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos (...) Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivos exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar».

Si el llamado «tono» es un término musical del cual se ha apropiado la categorización de la lingüística como elemento que describe la intención y el estado de ánimo reflejados a través del modo particular de expresarse y del estilo, tenemos que partir entonces de cuál ha de ser su impronta cuando se aplica a lo que escribimos.
Luego debemos discernir:
Si el tono es la propiedad de los sonidos que los clasifica como más agudos o más graves en función de su frecuencia, lo cual comúnmente es utilizado como sinónimo de altura...
Si en el canto este elemento resulta fundamental para diferenciar las distintas tesituras de una voz o instrumento...
Si se le denomina parciales armónicos a otros sonidos que, percibiéndose de manera distinta, enriquecen el sonido original...
Si los diferentes sonidos cualifican lo que denominamos el timbre, que puede ser lleno, sonoro u oscuro...
Vale entonces preguntarnos si nuestra prensa tiene tono o es atonal, si existe equilibrio armónico entre voces graves y agudas y cuáles son estas voces. Si hemos conseguido posibles tesituras entre los medios de prensa y entre los periodistas, como para no repetirnos en una especie de canto gregoriano, antigua oración laudatoria cantada sin emoción, al unísono, y que cumplía, a través de su llaneza, un sentido litúrgico.
Y pregunto: por qué asustarnos, a veces, cuando aparecen, dentro

Primero creí que era exageración de mi amiga. Luego su rostro, mezcla de perplejidad con cierta rabia antigua, me llevaron a creerle. Cuando el ginecólogo anunció la llegada de su primer hijo, corrió a encargarle una cuna a un carpintero.
Después de todo un vía crucis donde el que tenía madera no tenía puntillas y el que tenía madera y puntillas le faltaba la cola, encontró a un cincuentón que le pareció un hombre serio, de ley, el cual accedió con gusto a fabricársela; solo que le saldría un «poquitíiiiico» cara. «Usted como yo sabe que el cedro y la caoba están perdidos, a los particulares no nos dan con qué trabajar y lo que uno le saca a cada pieza apenas le da para comenzar la otra...» (¿?).
En fin, que se la valoró como si le vendiera seda de El Cairo. Pero como mi amiga quería lecho de linaje para su primogénita, accedió con la promesa de que estaría en 15 días. Sin embargo, terminó el primer plazo y un segundo y otro y otro, mientras ella veía crecer su vientre sin la cuna en la habitación. Dio más viajes a la carpintería que a la consulta prenatal. El hombre, unas veces estaba con «la gota» y hasta llegó a enterrar a su abuelita por segunda vez después de 15 años.
Llegó el alumbramiento. La mujer tuvo que pedir una prestada y ahí concluyó la historia, pero, el día menos pensado, cuando ya había sepultado al carpintero en el campo santo de los desaguisos y la bebé lo que casi necesitaba era un corral, vio venir, a lo lejos, un carretón con la cuna encima y al eufórico hombre con los mismos ojos de Hernán Cortés.
«No sé bien, señora hermosa, lo que sucedió después...», pero mi amiga se negó a repetirme las palabrotas dichas al tipo que, en buen cubano, tuvo que «comerse la cuna con papas» y regresar a su carpintería al tiempo que blasfemaba de «lo mal agradecida que estaba la humanidad».
Recuerdo que, de niño, eran solo las costureras las de la mala fama. Un corte de tela, para hacerse el vestido con que se asistiría al bautizo de una infante, si no se extraviaba entre el monte de tejidos que descansaba sobre una silla, servía para ir a la toma de la primera comunión o a la fiesta de 15. Pero, ahora, la falta de ágiles opciones estatales en ciertos servicios hace recurrir a los particulares, quienes también convierten la informalidad en instrumento de tortura psicológica cuando la expresión «palabra acordada es palabra sagrada», al estilo de los caballeros del Rey Arturo, ha hecho mutis del escenario de la vida cotidiana.
Y no se trata de una pequeña artillería de impuntuales en medio de la laboriosidad combativa de un ejército, sino ya deviene norma; apéndice colgado a nuestra cubanía que, penosamente, se adhiere como sanguijuela a la práctica diaria, sea en una empresa de servicios o en el más sencillo de los talleres particulares. Es esa expresión visible del desgaste innecesario, del valladar interno que nada tiene que ver con las limitaciones tangibles del bloqueo; de ese otro límite que en nada se emparenta con quienes osan ahogarnos desde una política imperialista, sino que parte de la efectividad y la disposición de actitudes que construyan la fraternidad social de este país.
Ejercicio sano sería que los cubanos, mientras nos cepillamos los dientes en la mañana, nos preguntásemos con quién o con quiénes hemos empeñado nuestra palabra ese día. ¡Cuán saludable sería para el cumplimiento de la tarea en cada momento, para la restauración humana de nuestro carácter nacional como gente emprendedora y seria! Esta, sin dudas, es otra de las maneras de mantener nuestra hidalguía como el eterno caballero que, a pesar de su desvarío, en el ofrecimiento de su palabra le iba la vida.
¡Ojalá que ese pequeño ejército de personas que aún me deben algún trabajo en casa, me llamen hoy para decirme que la cama o el mueble ya están terminados! O sea yo quien, mordido por mi conciencia, les dé a ellos la buena nueva de la puntualidad... ¡Por suerte, yo no tengo mujer embarazada!

ESE día mi padre le amarró una cinta negra al brazo del tocadiscos. Pensé que se había vuelto loco o estaba ebrio. No dijo nada. Se sentó a tomarse un trago de ron en un rincón de la sala y dejó que aquella aguja le sacara las entrañas a un viejo disco de acetato que, ahora, al paso del tiempo, se me antoja que gemía de dolor. Llegaba, al amanecer, del Reno Club; el lugar donde pasaba el mayor tiempo de su vida como cantinero; el único bar de Cuba que tenía su escenario sobre el largo refrigerador y al cual se subieron lo mismo Pepe Lara, el Los Chavales de España, que Frank Domínguez con su “Tú me acostumbraste…” para sacarle el corazón por el escote a las muchachas. Tenía yo doce años y le escuché decir un ¡coño! que le salió del alma. Quizás pensaba en Anacleto, el “generoso” dueño de una fonda llamada La Confronta, en Ciego de Ávila, que no era el buen tocador que El Benny inmortalizara en una de sus canciones más geniales, sino el honesto comerciante del que se dice que, en más de una ocasión, le mató su hambre cuando no era tan famoso, aunque sí popular, con un bistec y un vaso de leche. Tal vez aquella exclamación casi mascullada, entre dientes, era el réquiem por quien había sido testigo, reiteradamente desde algún traganíquel, de sus lances amorosos fuera del matrimonio con mi madre. Solo recuerdo que, aquella noche, la ciudad casi se paralizó a la hora del noticiero. El entierro del músico, desde su “Lajas, mi rincón queriiido…”, fue una explosión a la altura de su ingenio y del amor con que se hizo novio de esta Isla. Ahora, a más de cuarenta años de aquel bofetón emocional de mi infancia, el cine me ha hecho descubrir a un hombre que enterró su talento en el vicio. Y no pretendo desentrañar si el filme es fiel a la historia, si manipula la época y al bardo para provocar con su estética, si el actor se parece o no y debió se maquillado en fidelidad a la imagen externa del cantante. Solo sé que es una cinta que siembra un dolor íntimo como esa canción que es casi una súplica de amor: “¡Cómo fueee, no sé deciiirte, cómo fueee…” Ese punzonazo que parte de la pérdida irreparable de la vida de un genio por una tontería. Esa pena que, si se lee bien, puede ser una lección para los más jóvenes de hacia dónde puede conducir el desenfreno y la irresponsabilidad; porque él, Bartolomé Maximiliano Moré, no sólo se hizo daño a sí mismo, sino sumi, también en la miseria y la congoja a todos sus seres queridos; incluso, a varias generaciones de cubanos porque perdimos una parte, indispensable diría yo, de nuestra voz propia, de nuestra alegría natural. Vemos a El Benny desde la pantalla haciendo el amor lo mismo en un baño público que en el campo, con una prostituta o con su novia del alma. ¡Época feliz aquella en que, literalmente, nadie se moría de amor por no protegerse! Pero la evidencia de que el alcohol, a través de la historia de la humanidad misma, ha sido una daga que envilece y mata, está ahí, atrapada en el celuloide, hiriendo nuestros ojo, para que entendamos que eso no es solo leyenda. El flagelo incontenible que nos acosa desde el primer trago, se desnuda más que la propia Isabel Santos en su personaje de prostíbulo, desde la pantalla. Se puede tener el mundo a los pies, pero perder la vergüenza; se puede sentir la pasión más excelsa, provocada por dos senos como copas de champán prendidas al pecho de una muchacha, que la daga del caballero se esconde; se puede tener la vocación generosa más absoluta que se hace sal en agua cuando el alcohol nos domina. Digo que El Benny ha llegado, no solo para cantarnos, sino para contar lo que también ha sucedido con otras cuerdas de nuestra lírica siempre que han seguido su mismo camino; para conmovernos con una estremecedora historia, tonta por la levedad humana, que pudo tener otro final menos desgarrador y más eterno. Más allá de sus cuestionamientos y valores estéticos, la cinta es un aldabonazo al alma del cubano, a esa incongruencia propia de nuestras políticas sociales en que, de una parte, establecemos campañas anti-alcoholismo útiles y, de la otra, las desbaratamos con el desmedido desconcierto en la venta de bebidas, como si se tratara de una medicina urgente con los estreses cotidianos. Al menos, en este sentido, la cinta de Jorge Luis Sánchez propone cantar a dúo con El Benny, desde la vitrola del alma, para embriagarnos únicamente con la risa, la presencia maravillosa de lo amado y poder decir siempre: “¡Soy tan feliiiz…vida.”
Cuenta la escritora Isabel Bornemann la historia de dos niños de Hiroshima que, en medio de las tensiones bélicas de los años ’40, tenían una relación de amistad idílica. Incluso, al límite de no anhelar la llegada de las vacaciones de verano para no sufrir la separación.“Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos. Porque ellos eran nuevos en el mundo. También, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra”, sentencia la autora.Y narra como, al concluir la escuela, él se fue con sus abuelos; unos antiguos ceramistas que terminaban sus vasijas por puro amor y las amontonaban porque la situación mundial había quebrado todo mercado. Ella, quedó con sus hermanos en la ciudad de la tragedia cuando, en la madrugada del primero de agosto, una premonición le había despertado; soñó caminar sobre la nieve, sola, en medio de un desierto helado sin casas ni árboles. Pero, quizás pensando en el retorno de Toshiro, escribió en su cuaderno escolar uno de sus primeros haikus, esa especie de poemas breves, de diecisiete sílabas, típicos de la poesía nipona. Sobre la virginidad del papel quedó registrado: “Pronto/ Florecerán los crisantemos./ Espera,/ Corazón.”Pero la mañana del seis de agosto le sesga, de un tirón, los crisantemos a Naomi y su corazón, débil, no puede esperar el retorno de su amado. Como un enorme sacacorchos, la bomba atómica le saca las entrañas a Hiroshima. Una fuerte luz sorprende a la pequeña haciendo los mandados de la familia y, desde el idílico paisaje de una aldea remota, Toshiro cree que su amiga ha muerto. Solo en diciembre logra saber que aún está viva y camina decenas de kilómetros para visitarla en el hospital. Mirando al techo, y ya sin sus negrísimas trenzas, Nahomi dijo que iba a morir por no haber concluido las mil grullas de papel que le librarían de la muerte, según una de las tradiciones sobre ese sagrado pájaro de su país.El muchacho apenas contó veinte sobre la mesa y se marchó. Esa noche no durmió cortando los novecientos ochenta cuadritos en los cuales fueron transformados viejos periódicos, revistas y hasta tarjetas familiares. Luego convirtió el muerto papel en hermosas grullas dispuestas a desplegar sus esperanzadoras alas para salvar la vida de Naomi.Ella dormía, ¡tan débil!, cuando él llegó al hospital desafiando, otra vez, la distancia. Las hilvanó de diez en diez, con un casi invisible hilo, y las colgó del techo de la habitación mientras el viento las hacía girar. ¡Son hermosas!, atinó a decir la niña abriendo los ojos y sonrió, para pasar luego a un sopor profundo que se la tragó de un bocado.Las avecillas no habían podido hacer nido en su sangre para ahuyentar la leucemia. Así, quedaba trunca la ilusión natural y humana de dos niños, pintada por la escritora en los inicios de la narración, “que creían que el mundo era nuevo porque ellos eran nuevos en el mundo…Naomi poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún...”Imposible olvidar esta fecha en que un bombardero yanqui prendió un gran crespón negro al mundo. Imposible creer que esta historia, como la del más de un millón de niños que murieron bajo el exterminio nazi, es agua pasada. El holocausto, como método de sometimiento imperialista, todavía hace pasarela en los grandes escenarios políticos del mundo desde los tiempos en que Ana Frank nos estremeciera al enjaular su corazón en aquel conmovedor diario. Así lo prueba ahora la guerra de Estados Unidos contra Irak. Así lo testifican los ataques de Israel contra el Líbano y Palestina en que las llamadas bombas-racimo depositan el veneno de su ponzoña en los más inocentes. Tampoco han de olvidarse las otras bombas, esas que no hacen su show de fuego ante las cámaras de la televisión; las invisibles, las que estallan, sin ruido, dentro del corazón de una humanidad lacerada de manera impúdica.En medio del pródigo mercado de la guerra la muerte, también, se compra guadaña de oro con la alta y millonaria cifra de niños que mueren, cada año, de enfermedades curables; los que permanecen presos en cárceles del mundo; aquellos que son vejados en su inocencia por soldados norteamericanos, los que son sometidos a la explotación sexual y laboral; los que van apagando su candil ante las sombras del SIDA.El gran guitarrista norteamericano Jimi Hendrix sentenció una vez, en uno de sus conciertos, que cuando el poder del amor sea más grande que el amor al poder el mundo conocerá la paz. Quizás para entonces las grullitas de Naomi y Toshiro levanten vuelo rumbo al sol, que es decir la vida, ante el compromiso humano de no repetir esta historia, para que dos simples niños crezcan sin dolor ni miedo a amanecer, otro día cualquiera de este siglo, sintiendo que no es precisamente el amor lo que les quema el alma.
AÚN TENGO delante de mí la imagen desencajada del afamado intérprete, la vez aquella en que, sentados frente a frente, con todo su séquito de agentes de prensa, representantes y asesores, tembló cuando le dije: Esto no va a ser una entrevista. Esto va a ser un juicio. Yo no voy a ser José Aurelio Paz ni usted Alfredo Rodríguez. Alfredo Rodríguez solo será el acusado, yo el fiscal y usted su abogado defensor.
QUIEN no haya visto en su vida bajar a la Conga de los Hoyos con su proverbial ¡Abre, que ahí viene El Cocuyé!, no puede imaginar, ni remotamente, la tragedia de Micaela, el personaje de la pieza musical que ha llevado a Sur Caribe, en estos últimos meses, al podio más alto de la popularidad.
DIJO Antonio Machado una verdad del tamaño del mundo. “De cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Y es que la modernidad ha llegado al Planeta vestida de la violencia más absurda. Y no hablo ya de los grandes actos terroristas que azotan la cordura humana. Me refiero a esas pequeñas actitudes cotidianas que, en lugar de convocarnos a la búsqueda común de respuestas a los problemas, también comunes, nos convierten en animales disparados, siempre, a dar coces.
La tradición establece, como uno de los siete pecados capitales, la soberbia; ese sentimiento que infla la autoestima, que busca atención y honor y se olvida de la hermosura de las faldas de quien solo es capaz de hacerle agachar la cabeza y que responde al nombre de Humildad.
Y es que, como bien escribiera, José María Escribá, el soberbio termina siempre por ser una marioneta vanidosa y sin cerebro.
No hay que andar mucho para encontrar a los soberbios. Lo mismo están detrás de un mostrador, que trepados a un escenario o mirándolo todo desde un cargo público que puede ser tan frágil como el mismo aire, y del cual, casi siempre, se descalabran por poner grandes distancias entre el lugar cimero donde se encuentran y quienes le colocaron allí.
Al respecto, ese maestro de la fábula que fue Esopo nos cuenta que de nuevo se habían hecho amigos el ingenuo asno y el león para salir de caza. Llegaron a una cueva donde se refugiaban unas cabras monteses y el león se quedó a guardar la salida, mientras el asno ingresaba a la cueva coceando y rebuznando, para hacer salir a las cabras.
Una vez terminada la acción, salió el asno de la cueva y le preguntó si no le había parecido excelente su actuación al haber luchado, con tanta bravura, para expulsar a las cabras.
— ¡Oh sí, soberbia — repuso el león—, que hasta yo mismo me hubiera asustado si no supiera de quien se trataba!
¿Qué quiere decirnos el fabulista con esto? Si te alabas a ti mismo acabarás siendo objeto de burla de los demás, sobre todo de aquellos que bien te conocen y saben que, como todo ser humano, estás tejido con virtudes y también con defectos.
En tiempos tan difíciles la humildad es un sentimiento que hay que cultivar a la luz del día. No aparece en los planes de producción de ninguna empresa. No está comprendido en la proyección de los organismos internacionales que buscan el bienestar común del mundo. Incluso, la familia, no se lo prevé dentro de sus necesidades más acuciantes. ¡Pero es tan necesario y hace tanto bien!
Los grandes personajes de la historia siempre lo han echado en su mochila o su morral a la hora de emprender una tarea humana. De ella han estado hechos los grandes hombres y mujeres de la humanidad; Gandhi, Luther King, Madre Teresa de Calcuta… Martí es nuestro mejor ejemplo.
¿Acaso la actitud de no violencia de Gandhi no era su mejor símbolo de humildad? ¿Y acaso la ternura, la modestia y el decoro no vienen casados con ella?
En tal sentido el Apóstol de Cuba, que quiso hacer un compendio de razones éticas en su poesía para que comulgara, a la vez, con su propio ideario, nos los demuestra en sus Versos Sencillos. No solo por el adjetivo que les pone sino por el modo en que construye este humilde podio poético. ¿Por qué la redondilla como vehículo? Por el sentido popular de la forma estrófica tan utilizada en toda la América de tu tiempo para cantar versos —de ahí su facilidad de ser entonados y memorizados hasta por los niños.
Y creo que en su figura está el paradigma de cómo debemos ser. Jamás olvidó que nació en una de las más humildes callejuelas habaneras como fruto de dos personas que eran dos simples ciudadanos de este país, e incluso, durante su estancia en Nueva York, mordido por la nostalgia de nuestro sol.
“Artes soy entre las artes/ y en los montes, montes soy…” Lección meridiana esta, en dos simples versos, que habla de la actitud del ser en circunstancias y escenarios distintos. Martí supo ser la idea suprema del análisis profundo, llámese social, cultural o político, en los grandes círculos intelectuales de nuestro continente. Pero, a su vez, supo ser también el humilde soldado que fue al frente de batalla, a sabiendas que en ello le iba la vida.
Decía Albert Camus, el escritor francés, que la estupidez insiste siempre. Pero contra ello es preciso, también desde la humildad, luchar. ¡Ah contradicción humana: los grandes siempre se sienten pequeños mientras los pequeños se creen grandes!
Todos conocemos la triste historia de Masicas. Y Pregunto: ¿Cuántas Masicas y Masicos no reconocemos a diario? El significado del nombre del ambicioso personaje, que nos regalara Martí en uno de sus más populares cuentos rescatados de la literatura universal, significa fresa agria.
Cada quien sabe lo que cultiva y se hace responsable de ello. Todos conocemos nuestras fresas agrias y las del patio del vecino. En tiempos tan difíciles hay que saber producir la dulzura de los buenos sentimientos para que crezcan buenas obras, si no queremos amanecer un día, como la ambiciosa mujercilla del leñador, tristemente muerta, cubierta solo de harapos y con el morral vacío por almohada.
(Para mis amigos brasileros Susanne Buchweitz y Helcio Moura de Cardoso, algunos de los “culpables” de mi amor por ese país)
He buscado en toda la Internet. En las páginas de las subastas más insólitas.
Abro un sitio como Ebay y me encuentro con un “stripper” que vende un implante de senos; un chileno, el dominio www.Pinochet.com; otros ofrecen supuestos restos del Columbia, el balón errado por Beckham en la Eurocopa o tres mujeres vietamitas; y hasta un osado se atreve a subastar el Banco Mundial, que de poco o nada sirve a los países pobres.
Otro propone a su suegra sobre supuestos argumentos de que es “la mejor del mundo”; una agencia de viajes ofrece paquetes turísticos para enviar de vacaciones a su osito de peluche; la venda ensangrentada que cubrió la cabeza de Ariel Sharon, al lesionarse durante la Guerra del Medio Oriente en 1973, resulta altamente cotizada; y hasta un pan de hamburguesa donde, supuestamente, aparece reflejada la imagen de María, causa escándalo.
Y busco. Y busco más a ver quién vende un corazón. Entonces encuentro la noticia de un policía que rescata a gnomos secuestrados; un vuelo suspendido en Argentina por culpa de un caballo; una Valla publicitaria que le busca esposa a soltero de Utah; un político en Rosario que hace campaña regalando despertadores y hasta una universidad romana que ofrece cursos de exorcismos.
Pero nadie vende, materialmente, su corazón.
Solo la poesía lo hace virtualmente. Como un motor—buscador más en el ciberespacio de los sentimientos, que pretende atrapar a otro corazón. Un recurso poético para que el desamor entreteja su red contra el desamparo.
Y un poeta escribe:
“Se vende un corazón que está sangrando/ por una herida profunda que no cierra,/ un corazón que ha sido despreciado/ dejado a la intemperie para que muera.”
Y un solitario pone un clasificado:
“Gran corazón rojo, relleno de defectos y virtudes, dispuesto a dejar de latir por su dueña. Lo único que pide a cambio es que lo quieran un poquito. Es recargable, resistente, duradero, tierno y fiel…¡Decídete ya!”
El humorista recomienda:
“NO se deje el corazón al alcance de las niñas mayores de 18 años. El mal uso del ‘producto’ puede ocasionar traslado de vivienda. Contiene detector de mentiras. ¡Cuídelo que no trae piezas de repuesto!”
Y hasta una suicida alerta:
“Se vende un corazón o se traspasa. Urge la transacción por desamada.”
Y pienso, y siento, que la Humanidad necesita de un corazón único, íntegro, como ese pan que sirve para todo y alimenta.
Un corazón que acabe con el hambre, las guerras, la prostitución infantil, el cáncer, el SIDA, la desidia, el desamor, la envidia, el desacato, el igualitarismo, las falsas libertades de prensa, la demagogia, el desgobierno de los pueblos… en fin, todo lo que enferma el músculo más perfecto, más socorrido, más vilipendiado de la historia.
Un corazón que, en acto de humana magia, trueque en flores las balas que mataron a Lorca; uno como el que atropelló la torpe bufanda de Isadora; el que puso a prueba Neruda en Veinte poemas de amor y una canción desesperada; el de Haydee abrigando a los artistas junto a los desamparados ojos de su hermano en manos de sus verdugos; o el que mudó en manantial aquella mañana en Dos Ríos. El que late, lleno de contradicciones y amores, sobre esta Isla, como quien navega, noche y día, al encuentro de su amada.
Para ello harán falta fábricas de besos en lugar de las de misiles. Sonrisas que viajen hacia otras sonrisas sin llegar a ser como misiones espaciales. Velas que con su pabilo aromaticen la tierra de verdaderas esencias naturales. Cáscaras de silencio antes que fruta de palabrería insana. Funerarias y cementerios clausurados por el ocio. Manos dispuestas a terminar de tejer la inacaba esperanza.
Porque el corazón del Planeta no puede continuar siendo ese caracol al que le han robado el susurro de las olas. Porque necesitamos a alguien, o mejor dicho, a muchos que soplen por la brisa y enrumben proa. Que partan, otra vez, el mar en dos para que el pueblo pase. Alguien que desentierre, de una vez, el tesoro de los buenos corazones heredados.
Estoy seguro, y aquí si digo verdad. No creo que haya nadie dispuesto a vender su corazón por alta que sea la cifra. Pero sí creo que debemos exigirlo. Estamos a tiempo. Debemos exigirnos compartir el corazón, entre todos, como jugosa fruta bendecida.

Ahora Lennon parece reposar, pensativo, en su banco de un parque del Vedado. Nos encanta sentarnos a su lado. Regalarle flores sin saber si las prefería. Y hasta le hacemos guardia permanente para que nadie vuelva a robarle los espejuelos.
Sin embargo, no es un secreto que hablar del exbeatle en Cuba, en la década de los ’70, era asumir una posición iconoclasta y sospechosa. Llevar bajo el brazo una de aquellas copias metálicas y clandestinas de sus discos, casi portar una bomba lírica como le llaman algunos a sus canciones.
¿Acaso la rigidez política de una época? Quizás, pero también la reacción lógica de los status de entonces, llámense como se llamen, frente a tanto "desatino".
Lennon, para el mundo todo, no era un revolucionario. Era un revoltoso. Tuvo que morir a manos de un loco para que se le comprendiera y fuera asumido con patrimonio universal del alma humana. Aunque, quizás, haya sido víctima de un bien orquestado plan secreto que archiva su muerte en la misma bruma que dejó sin respuesta la última llamada telefónica de la platinada rubia de Hollywood. Con su canción Help!, de su disco homónimo de 1965 en el que aludía a su pérdida de independencia y al aumento de su inseguridad al ser tragado por la maquinaria de la fama, comulgaba con los fantasmas de la propia Marilyn.
Su primera "perversión" pública partió de una travesura juvenil. Orinó a unas monjas desde el tejado de una iglesia en Liverpool. Y, todavía, mucha gente se pregunta si solo trataba de ofender a las religiosas o de algo más profundo como el hecho de desafiar al poder eclesial. A lo cual se sumó, de manera escandalosa y controversial, años después, una declaración que fue casi otra atómica dejada caer sobre el Planeta, cuando declaró que eran ellos más famosos que el propio Jesucristo.
El articulista John Tomson afirma que hasta en su libro A spanner in the works, escrito por entonces, se manifiesta su sentido de ir en contra de las estructuras, llámense sociales o políticas. En él utiliza como título ese juego de palabras intraducibles, pero que tienen un significado semejante a la expresión hispana de "joderlo todo".
Según el propio crítico afirma, en su disco Some Times in New York City (1972), el artista establece su famosa declaración feminista donde expresa que "la mujer es el negro del mundo" refiriéndose a su discriminación doméstica y social, y pide que "pensemos en eso y hagamos algo".
Se suman sus desnudos fotográficos en afamadas revistas de la época, junto a su compañera Yoko Ono, armando un revuelo tal que sus ecos llegan, todavía, a nuestros días. ¿Era John una especie de striper provocativo, de exhibicionista sexual que pretendía mostrar su nada apetitoso cuerpo o se trataba de agredir, con tal actitud, a pruritos y falsas morales de la época?
Claro que también cae en posiciones extremas, según mi punto de vista, cuando en una de sus canciones hechas en contra del sistema carcelario incita a todos a liberar los presos y encarcelar a los jueces. Reacción que solo se puede entender si no se globaliza y se asume como su experiencia personal ante las políticas judiciales de la Inglaterra de su tiempo.
También está su obra Revolution que fuera malentendida y calificada de apolítica y conservadora, según el propio investigador Tomson, cuando lo que pretende es criticar a los grupos de la izquierda radical de entonces que veían solo en los procesos revolucionarios la capacidad de destruir los órdenes viejos, sin asumir, también el carácter constructivo de otros nuevos.
Su emblemática Imagine acaba de cumplir, el pasado jueves, 25 años de creada. Canción escrita en el año 1971 en un contexto mundial en que comenzaba a romperse lo que se ha dado en llamar el "consenso de la postguerra", es decir, el equilibrio de relaciones entre las burguesías imperialistas y sus propias clases obreras. El capitalismo asomaba, cada vez de manera más profunda, su incapacidad social. La hegemonía del poder norteamericano empezaba a ser quebrantada y la derrota de sus tropas en Viet Nam era casi una premonición.
De modo que si en canciones de corte político anteriores como I don’t want to be a soldier, Lennon se ponía piel de soldado para gritar "no quiero morir", en la antológica pieza existe, de manera implícita, la utopía actual de los revolucionarios de hoy, de que otro mundo es posible, cuando expresa: "imagínate a toda la gente/ compartiendo el mundo"; luego afirma: "Puedes decir que soy un soñador/ pero no soy el único"; y lanza una exhortación final: "espero que algún día te unas a nosotros/ y el mundo vivirá como uno".
Por ello, no pretendamos entender a Lennon. Quizás su estatua, en el parque del Vedado, sea un acto nuestro de exorcismo generacional, pero él no está ahí. Prefiero imaginarlo, susurrándome al oído la misma frase de Martin Luther King cuando, desde su I have a dream, nos convocara a un sueño común en que "no estaremos satisfechos hasta que la justicia no caiga como una catarata y el bien como un torrente".
Prefiero imaginarlo, cantándole al mismísimo Bush, frente a la Casa Blanca, aquellos versos de Give me some truth, que tan bien le vienen a esa caricatura de gobierno, a ese gobernante de atrezzo, cuando gritó, Lennon, desde lo más profundo de su alma: "Ya estoy harto de leer chorradas de políticos neuróticos, psicóticos y estúpidos,/ lo que quiero es la verdad,/ ahora."

La muerte me las quitó antes de tiempo. Apenas guardo el contorno de mis abuelas. Quizás una arrugada mano alisando mi pelo o la caricia de unas torrejas ahogadas en almíbar. Ambas se "fueron" sin siquiera dejarme el sabor de una huella.
Quizás por eso en mis artículos, y me confieso, les haya citado en algún momento, más que por pura mentira por imaginar, y creerme, lo que siempre dicen las abuelas. Esa atinada frase en el instante preciso que no es otra cosa que un compendio de sabiduría que se regala con el mayor amor del mundo.
Siempre crecí con ese agujero. Mi corazón se hizo hombre con esas dos ventanitas de luz cerradas. Quizás por ello condeno tanto a quienes, todavía, les tienen como dulces esclavas y no aquilatan sus desvelos, cual simple comadrita, ya sin balancines, que una vez sirvió de cuna. Y envidio, dulcemente, a aquellos que les llenan de mimos, a sabiendas de que la vida les ha premiado con ese regalo lleno de canas que lo perdona todo, que lo admite todo, que es la sabia de lo sabio alimentándonos siempre para que no "pequemos" con sus propios yerros.
Pienso, a pesar del respeto por ese poeta que es nuestro Nicolás, que también él sucumbió, sin darse cuenta, al acendrado machismo histórico que nos sofoca a la hora de pintar nuestros orígenes, en ese galeón poético que es su Balada de los dos abuelos.
¡Qué humano, que justo y qué hermoso hubiera sido escuchar en el rumor del caracol de sus versos!: Sombras que solo yo veo,/ me escoltan mis dos abuelas… Creo que el poema de Guillén, lejos de todo evidente sentido patriarcal, hubiese sido más humano y transparente, en tanto, a la sangrante herida le hubiese colocado azahar en ese intento por reflejar dos antagónicos mundos que dieron vida a nuestra estirpe.
¿Acaso nuestra misma Mariana no dejó la impronta del coraje y el amor desmedido cuando envió sus hijos a la manigua? Quizás algunos piensen, todavía, de que primó más la esencia patriótica que la materna. Sin embargo, ningún libro de historia sería capaz de recoger ese dolor agónico, solo sufrido por ella, en que el rayo de una decisión profunda iluminó la oscuridad de nuestras palmas.
Hoy he llorado ante mi computadora. Y esto no es una metáfora. La noticia, por reiterativa, me ha devuelto la agonía de Ulises escuchando las engañosas voces que le llegaban desde las costas de Ítaca, con una nota diferente de angustia; una anciana de 75 años descansa en la morgue de Miami al fallecer víctima de otro supuesto acto de contrabando humano entre las costas de La Florida y Cuba.
Y me atrevo a fabular en voz alta y a preguntarme: ¿Sería por decisión propia o habrá sido engañada en un paseo hacia la muerte? ¿Iría, como cordero al sacrificio, consciente de que la familia es ese primer olor Patria, donde el jazmín de la fidelidad lo marca todo?
Nunca olvido una de mis más conmovedoras experiencias al paso por Miami. Una amiga, que tenía un Home como negocio, es decir, una casa para ancianos, me dio cobija. Una viejita de Alacranes, al saber que regresaba yo a Cuba, me rogó encarecidamente que me la trajera de vuelta, que extrañaba increíblemente su varentierra y sus vecinas, su Galán de Noche repugnándola de aroma y su perro Canelo, en franca bronca siempre con Melchora, su astuta gata, que, seguramente, penaba ahora, maullando por los tejados, ante su ausencia.
La angustiada mujer me vigilaba cada día. Se asomaba al cuarto a ver si mi equipaje estaba, porque había decidido "fugarse" conmigo como en una de las trágicas escenas de Lorca. Y hasta sé que me habrá maldecido la mañana en que sus apagados ojos encontraron solo el vacío espacio donde descansaba mi maleta.
De entonces a acá he vivido con ese dolor a cuestas como la misma ausencia temprana de mis abuelas, removida ahora en la noticia de esta otra mujer que sí ha sido pasto de una política tuburonera de falso humanismo y libertad.
Me la imagino en medio de la oscura travesía. Quizás enjugando una lágrima para no mostrar su pena o ese desvarío que sufren los ancianos cuando el escenario de sus mejores batallas por la vida es borrado de un plumazo.
¿Qué nostalgias viajarían el encrespado mar de sus recuerdos, mientras la turba de escualos perseguía la propela en otra Crónica de una muerte anunciada? ¿Acaso en la rabona que dejó empollando? ¿O en quién regaría sus matas de Nomeolvides? ¿En los huesos del abuelo reposados en la tierra que les diera alas a sus amores?
Nadie lo sabe. Quizá los ojos de esta abuela, en su último momento de lucidez, hayan revivido, en silencio, los versos de John Milton, el poeta inglés, cuando en su poema El paraíso perdido, expresara: "Aquellas llamas no desprendían luz alguna; pero las tinieblas visibles servían tan solo para descubrir cuadros de horror, regiones de pesares, oscuridad dolorosa, en donde la paz y el reposo no pueden habitar jamás, en donde no penetra ni aun la esperanza."
AQUELLA mujer no era una simple merolica. Parada en la esquina de la shoping miraba para todas partes mientras ofrecía su producto. Más bien parecía un ama de casa escapada de su aburrido reinado de ollas y calderos.Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/