ARROZ CON MANGO

Primero es una simple gota amarilla de color entre el follaje. Luego, la fiesta impensada del aroma. Por último, la boca derritiéndose ante el sabor. Y así pretendo que sea mi página: fruta común que todo el mundo pueda saborear.

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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2006.

06/08/2006

UTOPÍA DE LA BANDADA

20060806150113-grullas.jpgCuenta la escritora Isabel Bornemann la historia de dos niños de Hiroshima que, en medio de las tensiones bélicas de los años ’40, tenían una relación de amistad idílica. Incluso, al límite de no anhelar la llegada  de las vacaciones de verano para no sufrir la separación.“Naomi Watanabe y  Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos. Porque ellos eran nuevos en el mundo. También, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra”, sentencia la autora.Y narra como, al concluir la escuela, él se fue con sus abuelos; unos antiguos ceramistas que terminaban sus vasijas por puro amor y las amontonaban porque la situación mundial había quebrado todo mercado. Ella, quedó con sus hermanos en la ciudad de la tragedia cuando, en la madrugada del primero de agosto, una premonición le había despertado; soñó caminar sobre la nieve, sola, en medio de un desierto helado sin casas ni árboles. Pero, quizás pensando en el retorno de Toshiro, escribió en su cuaderno escolar uno de sus primeros haikus, esa especie de poemas breves, de diecisiete sílabas, típicos de la poesía nipona. Sobre la virginidad del papel quedó registrado: “Pronto/ Florecerán los crisantemos./ Espera,/ Corazón.”Pero la mañana del seis de agosto le sesga, de un tirón, los crisantemos a Naomi y su corazón, débil, no puede esperar el retorno de su amado. Como un enorme sacacorchos, la bomba atómica le saca las entrañas a Hiroshima. Una fuerte luz sorprende a la pequeña haciendo los mandados de la familia y, desde el idílico paisaje de una aldea remota, Toshiro cree que su amiga ha muerto. Solo en diciembre logra saber que aún está viva y camina decenas de kilómetros para visitarla en el hospital. Mirando al techo, y ya sin sus negrísimas trenzas, Nahomi dijo que iba a morir por no haber concluido las mil grullas de papel que le librarían de la muerte, según una de las tradiciones sobre ese sagrado pájaro de su país.El muchacho apenas contó veinte sobre la mesa y se marchó. Esa noche no durmió cortando los novecientos ochenta cuadritos en los cuales fueron transformados viejos periódicos, revistas y hasta tarjetas familiares. Luego convirtió el muerto papel en hermosas grullas dispuestas a desplegar sus esperanzadoras alas para salvar la vida de Naomi.Ella dormía, ¡tan débil!, cuando él llegó al hospital desafiando, otra vez, la distancia. Las hilvanó de diez en diez, con un casi invisible hilo, y las colgó del techo de la habitación mientras el viento las hacía girar. ¡Son hermosas!, atinó a decir la niña abriendo los ojos y sonrió, para pasar luego a un sopor profundo que se la tragó de un bocado.Las avecillas no habían podido hacer nido en su sangre para ahuyentar la leucemia. Así, quedaba trunca la ilusión natural y humana de dos niños, pintada por la escritora en los inicios de la narración, “que creían que el mundo era nuevo porque ellos eran nuevos en el mundo…Naomi poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún...”Imposible olvidar esta fecha en que un bombardero yanqui prendió un gran crespón negro al mundo. Imposible creer que esta historia, como la del más de un millón de niños que murieron bajo el exterminio nazi, es agua pasada. El holocausto, como método de sometimiento imperialista, todavía hace pasarela en los grandes escenarios políticos del mundo desde los tiempos en que Ana Frank nos estremeciera al enjaular su corazón en aquel conmovedor diario. Así lo prueba ahora la guerra de Estados Unidos contra Irak. Así lo testifican los ataques de Israel contra el Líbano y Palestina en que las llamadas bombas-racimo depositan el veneno de su ponzoña en los más inocentes. Tampoco han de olvidarse las otras bombas, esas que no hacen su show de fuego ante las cámaras de la televisión; las invisibles, las que estallan, sin ruido, dentro del corazón de una humanidad lacerada de manera impúdica.En medio del pródigo mercado de la guerra la muerte, también, se compra guadaña de oro con la alta y millonaria cifra de niños que mueren, cada año, de enfermedades curables; los que permanecen presos en cárceles del mundo; aquellos que son vejados en su inocencia por soldados norteamericanos, los que son sometidos a la explotación sexual y laboral; los que van apagando su candil ante las sombras del SIDA.El gran guitarrista norteamericano Jimi Hendrix sentenció una vez, en uno de sus conciertos, que cuando el poder del amor sea más grande que el amor al poder el mundo conocerá la paz. Quizás para entonces las grullitas de Naomi y Toshiro levanten vuelo rumbo al sol, que es decir la vida, ante el compromiso humano de no repetir esta historia, para que dos simples niños crezcan sin dolor ni miedo a amanecer, otro día cualquiera de este siglo, sintiendo que no es precisamente el amor lo que les quema el alma.     
Domingo, 06 de Agosto de 2006 07:01 Autor: cubamango. ;?> No hay comentarios. Comentar.

AL REVÉS

Hastiado de tanta pobreza humana, Dios devolvió su hijo a la tumba de José de Arimatea. Y allí le encontraron María Magdalena y la otra María. Ellas mismas le llevaron hasta le cruz y le clavaron las manos y los pies. Entonces vinieron los soldados romanos y le bajaron. Y, solícitos, le vistieron con sus propias túnicas, mientras Cristo regresaba por el camino ante una admirada multitud gritaba ¡No le crucifiquen! Y, llegando ante Pilatos, él se lavó las manos. Luego, negó a Pedro tres veces antes que cantara el gallo y traicionó a Judas Iscariote vendiéndole por treinta denarios. De esa manera comenzó a destejer su historia hasta llegar a Belén, a aquel pobre establo donde había nacido y donde le pidió a María entrar, otra vez, en su calientito vientre. Y la abultada piel se desinfló y la mujer regresó, virgen, a Nazaret para espantar al ángel Gabriel que, asustado, se fue al cielo y, postrándose a la diestra de Dios Padre, le aconsejó al Creador del Universo: Es mejor que no envíes a tu hijo. 
Domingo, 06 de Agosto de 2006 07:04 Autor: cubamango. ;?> No hay comentarios. Comentar.

22/08/2006

LLORAR Y CANTAR CON EL BENNY

20060822220139-benny.jpg

 ESE día mi padre le amarró una cinta negra al brazo del tocadiscos. Pensé que se había vuelto loco o estaba ebrio. No dijo nada. Se sentó a tomarse un trago de ron en un rincón de la sala y dejó que aquella aguja le sacara las entrañas a un viejo disco de acetato que, ahora, al paso del tiempo, se me antoja que gemía de dolor. Llegaba, al amanecer, del Reno Club; el lugar donde pasaba el mayor tiempo de su vida como cantinero;  el único bar de Cuba que tenía su escenario sobre el largo refrigerador y al cual se subieron lo mismo Pepe Lara, el Los Chavales de España, que Frank Domínguez con su “Tú me acostumbraste…” para sacarle el corazón por el escote a las muchachas. Tenía yo doce años y le escuché decir un ¡coño! que le salió del alma. Quizás pensaba en Anacleto, el “generoso” dueño de una fonda llamada La Confronta, en Ciego de Ávila, que no era el buen tocador que El Benny inmortalizara en una de sus canciones más geniales, sino el honesto comerciante del que se dice que, en más de una ocasión, le mató su hambre cuando no era tan famoso, aunque sí popular, con un bistec y un vaso de leche. Tal vez aquella exclamación casi mascullada, entre dientes, era el réquiem por quien había sido testigo, reiteradamente desde algún traganíquel, de sus lances amorosos fuera del matrimonio con mi madre. Solo recuerdo que, aquella noche, la ciudad casi se paralizó a la hora del noticiero. El entierro del músico, desde su “Lajas, mi rincón queriiido…”, fue una explosión a la altura de su ingenio y del amor con que se hizo novio de esta Isla. Ahora, a más de cuarenta años de aquel bofetón emocional de mi infancia, el cine me ha hecho descubrir a un hombre que enterró su talento en el vicio. Y no pretendo desentrañar si el filme es fiel a la historia, si manipula la época y al bardo para provocar con su estética, si el actor se parece o no y debió se maquillado en fidelidad a la imagen externa del cantante. Solo sé que es una cinta que siembra un dolor íntimo como esa canción que es casi una súplica de amor: “¡Cómo fueee, no sé deciiirte, cómo fueee…” Ese punzonazo que parte de la pérdida irreparable de la vida de un genio por una tontería. Esa pena que, si se lee bien, puede ser una lección para los más jóvenes de hacia dónde puede conducir el desenfreno y la irresponsabilidad; porque él, Bartolomé Maximiliano Moré, no sólo se hizo daño a sí mismo, sino sumi, también en la miseria y la congoja a todos sus seres queridos; incluso, a varias generaciones de cubanos porque perdimos una parte, indispensable diría yo, de nuestra voz propia, de nuestra alegría natural. Vemos a El Benny desde la pantalla haciendo el amor lo mismo en un baño público que en el campo, con una prostituta o con su novia del alma. ¡Época feliz aquella en que, literalmente, nadie se moría de amor por no protegerse! Pero la evidencia de que el alcohol, a través de la historia de la humanidad misma, ha sido una daga que envilece y mata, está ahí, atrapada en el celuloide, hiriendo nuestros ojo, para que entendamos que eso no es solo leyenda. El flagelo incontenible que nos acosa desde el primer trago, se desnuda más que la propia Isabel Santos en su personaje de prostíbulo, desde la pantalla. Se puede tener el mundo a los pies, pero perder la vergüenza; se puede sentir la pasión más excelsa, provocada por dos senos como copas de champán prendidas al pecho de una muchacha,  que la daga del caballero se esconde; se puede tener la vocación generosa más absoluta que se hace sal en agua cuando el alcohol nos domina. Digo que El Benny ha llegado, no solo para cantarnos, sino para contar lo que también ha sucedido con otras cuerdas de nuestra lírica siempre que han seguido su mismo camino; para conmovernos con una estremecedora historia, tonta por la levedad humana, que pudo tener otro final menos desgarrador y más eterno. Más allá de sus cuestionamientos y valores estéticos, la cinta es un aldabonazo al alma del cubano, a esa incongruencia propia de nuestras políticas sociales en que, de una parte, establecemos campañas anti-alcoholismo útiles y, de la otra, las desbaratamos con el desmedido desconcierto en la venta de bebidas, como si se tratara de una medicina urgente con los estreses cotidianos. Al menos, en este sentido, la cinta de Jorge Luis Sánchez propone cantar a dúo con El Benny, desde la vitrola del alma, para embriagarnos únicamente con la risa, la presencia maravillosa de lo amado y poder decir siempre: “¡Soy tan feliiiz…vida.”
Martes, 22 de Agosto de 2006 14:01 Autor: cubamango. ;?> Hay 1 comentario.


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