ARROZ CON MANGO

Primero es una simple gota amarilla de color entre el follaje. Luego, la fiesta impensada del aroma. Por último, la boca derritiéndose ante el sabor. Y así pretendo que sea mi página: fruta común que todo el mundo pueda saborear.

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10/04/2006

BUSCANDO DESESPERADAMENTE A MICAELA

20060410122501-conga.jpgQUIEN no haya visto en su vida bajar a la Conga de los Hoyos con su proverbial ¡Abre, que ahí viene El Cocuyé!, no puede imaginar, ni remotamente, la tragedia de Micaela, el personaje de la pieza musical que ha llevado a Sur Caribe, en estos últimos meses, al podio más alto de la popularidad.
Ese río humano que, a la sombra del lastimero aullido del cornetín chino y el caliente requinto, como fusión de culturas, va creciendo de manera interminable calle abajo entre sudor y júbilo; muestra de la identidad de un pueblo que se besa a sí mismo a través de tan descollante ritmo.
En medio del reguetón o el hip hop de turnos, un género tan olvidado en los grandes medios se adueña de ellos para decirnos que los tesoros del alma están ahí y solo hay que desenterrarlos, una y otra vez.
Pero, ¿quién pudo ser esa Micaela? Sin dudas, una de esas santiagueras que, a veces hasta con su hijo de meses a horquetadas sobre el cuello, arrollaba, kilómetros y kilómetros, bajo una fiebre heredada de un cabildo de origen franco-haitiano que se asentó en esa zona, en la segunda mitad del siglo XIX, y que se mantiene vivo en el ritmo gracias al amor a las tradiciones.
Arrastrados también nosotros por esa contagiosa fiebre sonora, nos olvidamos, muchas veces, de algo esencial; la historia que nos cuenta Ricardo Leyva en su arrollador ritmo. Con lenguaje sencillo y directo alude a muje de nombre tan humilde que, lejos de los suyos, “solo vive llorando, sufriendo y pensando en su vino/ que no es vino, señor/ ni aguardiente, señor/ es la conga… santiaguera…”
Por descontado damos que se trata de una negra, modesta y ardiente como los hijos de esa tierra cubana, la cual, por esos “odiseos” aires de falacias políticas, se fue tras el espejismo de una mejor danza que, casi siempre, acaba en lágrimas para quienes llegan a Norteamérica con un color de piel diferente o un origen humilde que les hace prohibitivo insertarse en la sociedad de la Coca Cola.
Nostalgias por la conga no resulta solo una paletada de color más al conflicto de la emigración cubana. Es el óxido puesto en metal más profundo, el que no depende de un carro o una marca de ropa, sino de la fragua apagada que es el alma cuando nos falta lumbre propia con qué calentarnos.
Según Salim Lamrani, en un artículo publicado en el medio digital alternativo Rebelión, el caso de la inmigración cubana se manipula constantemente en la llamada guerra mediática contra Cuba. Se esconde así que se trata de un fenómeno viejo, el cual se remonta al 1820, y en el que, antes de 1959, la Isla emitía más emigrantes hacia los Estados Unidos que toda América Central y del Sur juntas, más que el África y Oceanía unidas, superando a gigantes demográficos como China, India, Irán, Turquía e Indonesia. Aspecto este que con la actual política de pies secos, pies mojados, se utiliza como arma política de descrédito contra el gobierno cubano.
Pero apartándonos de estadísticas y evidencias, la tragedia de Micaela no tiene solución en tanto no alude a algo estrictamente material, sino apunta a la pérdida del espíritu de pertenencia, de formar parte de una comunidad que le sustente las ganas de vivir y de ser ella.
Resulta sumamente interesante, en esa nostálgica conga donde las trompetas y los violines incorporados al toque tradicional aportan un ambiente de tragedia irreparable, la presencia de una pérdida raigal en una frase que, a mi juicio, es el corazón de esa historia: “Llora con nosotros”.
La canción no dice te condenamos por haber equivocado el camino, o nos decepcionaste. Como valor esencial de una raza oprimida a todo lo largo de su historia, el llamado que hace la voz del solista encierra un dolor común por pérdida de un miembro de la comunidad que les identifica.
Aquí la patria no es el escudo, la palma el Himno o la Bandera. Aquí es la conga. Esa Conga de los Hoyos en la que, seguramente Micaela dejó sus mejores amigos, su mejor sudor y hasta, quizás, su único par de chancletas.
¿Podrá sobrevivir ella a la sustitución del buche de sambumbia por el american coffe? ¿Logrará el Wisky sepultar, definitivamente, ese otro trago ardiente, a veces con nombre indefinido y sabor a rayo, pero que lo enciende todo por dentro convirtiendo los pies de una conguera consumada en dos locomotoras?
El valor de esa expresión resume el dolor que les une. A ella por haberse extraviado. A ellos por haberla perdido. Quizás era Micaela la que más avivaba la conga con sus voluptuosas caderas o la que más sonreía al paso por la calle Enramada. Tal vez aún está latente la esperanza de la conga por salvarla antes de que, materialmente, se cumpla el vaticinio que hace la canción: “Dicen que se muere,/ que ella quiere lo que no tiene/ que es arrollar…”
Lunes, 10 de Abril de 2006 04:25 Autor: cubamango. ;?> Hay 1 comentario.

22/04/2006

AGRIDULCE DE MANGO

20060422123453-ojo.jpgRECICLABLE

A lo que el poeta escribió, siglos atrás, él le cortó las mangas y le hizo escote. Lavó y almidonó las palabras como pudo. A sus metáforas más audaces les dio lechada de cal y pintó sobre ellas dibujos de preescolar. Colocó los versos, recortados de libros en finas tiras de papel, en la caja que le prestara Pandora. Repitió el ejercicio del Cadáver Exquisito convocando, enloquecido, a Bretón, a Desnos, Eluard, Tzara... Luego, durante el recital público, la gente le aplaudió hasta el delirio. Nadie entendió nada, más intuían un nuevo Lezama. Esa noche, el gordo fantasma de la calle Trocadero le haló los pies.

Sábado, 22 de Abril de 2006 04:31 Autor: cubamango. ;?> Hay 1 comentario.

"Cada uno muestra lo que es en los amigos que tiene"

                                                               Baltazar Gracián

Sábado, 22 de Abril de 2006 04:39 Autor: cubamango. Hay 1 comentario.

30/04/2006

¡PLÁTANO MACHO Y MADURO!

20060430144250-platanos.gifAÚN TENGO delante de mí la imagen desencajada del afamado intérprete, la vez aquella en que, sentados frente a frente, con todo su séquito de agentes de prensa, representantes y asesores, tembló cuando le dije: Esto no va a ser una entrevista. Esto va a ser un juicio. Yo no voy a ser José Aurelio Paz ni usted Alfredo Rodríguez. Alfredo Rodríguez solo será el acusado, yo el fiscal y usted su abogado defensor.
Todavía recuerdo la vez en que Annia Linares, neurótica por sus excesos del alcohol en aquellos tiempos, quiso tirarme los cuadros y las cortinas de la oficina a la cabeza, en medio de un safari de preguntas difíciles, cuando le confesé que yo respetaba su trabajo, mas no era un loco admirador suyo. O cuando alguien le entregó el periódico con la crítica a Tony Cortés, en el mismo momento de comenzar a almorzar, dio un puñetazo en la mesa, echó a un lado el plato, y dijo: ¡A este tipo lo afeito yo!
¿Y la vez que tuve que acosar a Silvio para robarle una entrevista? ¿Y el desplante de Juana Bacallao que me dejó con la palabra en la boca? ¿Y la mentira que le metí a Rubens de Falco, el actor brasileño, cuando le dije que me quedaría sin trabajo si llegaba a la redacción sin sus respuestas? ¿Y las amenazas que me hizo Antolín el Pichón? ¿Y la vez que Hilda Rabilero casi me demanda y llegó a “sembrarme” en las cazuelas de Oyá, la diosa de los cementerios?
Al periodismo le debo el ácido PH de mis digestiones y la zozobra mañanera que me asalta cada vez que va a aparecer un trabajo crítico; las múltiples personas que, a lo largo de estos años, me han retirado la palabra; quienes me han acusado de sensacionalista, farandulero, amarillista, subversivo y hasta “no confiable”. También el hecho de que mi segundo apellido, Jiménez, haya desaparecido y en tono de jodedera, me digan PAZ-CON-NADIE; de que irónicos intelectuales me hayan aconsejado, en algún momento de mi vida, mayor cantidad de horas-nalgas al momento de escribir y me hallan llamado, de manera peyorativa, escribano; que haya tenido amenazas personales y telefónicas; que por mi pellejo no se dé un centavo en las cafeterías del pueblo y algún que otro brochazo de almidón en la cabeza.
Pero, como mismo guardo todo esos “daños colaterales de guerra”, también acopio el abrazo del elogio de aquellos que me paran, en plena vía pública, como si me conocieran de toda la vida para invitarme a un trago de cualquier aguardiente indefinido, para decirme lo que no les gustó de mi último trabajo, para llenarme la agenda de baches que hay que remendar, fosas desbordadas o viviendas a punto de caerse porque las promesas, a veces, han sepultado las rápidas y lógicas soluciones; esos que son como una tableta de PPG cuando, lisonjeros, me dicen: “¡Sigue ahí, que te necesitamos…!”
Y es que dada mañana, cuando me siento frente a ese cuadro lumínico que, poco a poco, me roba la vista y mi cervical está peor que la mulsonética (una pieza que no aparece y trae a los carros del periódico como una matraca), es como si me enfrentara a mi primera aventura. Y no pienso en riesgos ni en elogios: solo escribo para dejar, ya no en el papel, sino en el disquette —¡vaya modernidad!—, lo poco que me pueda quedar de interesante que decir, de corazón que repartir entre mi gente.
De niño siempre quise ser médico y creo que la vida fue sabia en no darme ese privilegio porque, a esta hora, tendría mi cementerio particular. Mas nunca soñé con esta profesión a la que llegué por puro accidente, sin haber estudiado periodismo y sin saber que para lo que yo había nacido, bueno, regular o malo, era para fisioterapeuta de las ideas.
El ejercicio de esta profesión es un compendio de gestos dulces y violentos, de reacciones tiernas y punzantes, de aplausos, rechiflas e incomprensiones; de dar lecciones de civismo y esperanza escondiendo, a veces, nuestro propio desfallecimiento íntimo; de tener siempre el pie en el estribo cuando casi falta la cabalgadura; y de creernos, como somos, servidores de la gente y no gatos de porcelana colocados sobre una repisa.
Por ello pienso que, en lugar de atormentar a los estudiantes que optan por esta carrera—en la cual lo importante no es llegar a la meta, sino caminar sin límites—, con preguntas en ocasiones rebuscadas, debería medirse, como elemento consustancial, dos cosas: pantalones y entrega. Es decir, ¡plátano macho y maduro!, como escucho ahora por mi ventana pregonar a una vendedora, que acaba de darme el título para esta reflexión sabatina, cuando el periodista que no beba de la calle y de la gente está perdido en un campo de lechuga.
El profesional de un oficio tan importante como este no puede quedarse en el insípido término de “pintón”, porque resulta desabrido, porque nadie quiere probarle, porque si no logra madurar las ideas sociales lejos de todo artificial carburo, tendrá, al final de su faena, solo el verso de Nervo como epitafio: “Pasarás por mi vida/ sin saber que pasaste…”
 Como bien dijera Séneca: Un hombre sin pasiones está tan cerca de la estupidez que sólo le falta abrir la boca para caer en ella.
Como Fusik, el verdadero periodista muere todos los días para vivir de otra manera. Ha de creer en lo que dice y lo que escribe. Ha de estar en sintonía permanente con su sentido del honor patrio. Ha de señalar lo malo y lo injusto, venga de donde venga. Ha de ser madera y no barniz, flor y no perfume, bala y no salva.
Con permiso del artista al que llevé a juicio periodístico un día, tomo su frase más popular y a todas las personas que semanalmente me leen, con odio o cariño, porque lo más terrible es la indiferencia, les digo, simplemente, que ¡Los quiero, mucho, mucho…!

 

 

 

Domingo, 30 de Abril de 2006 06:42 Autor: cubamango. ;?> Hay 1 comentario.


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